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El cartapacio del alecrán

¿Por qué Stephen Hawking está contra la Filosofía? / Christopher Norris (Philosophy Now, Marzo-Abril 2011)

¿Por qué Stephen Hawking está contra la Filosofía? / Christopher Norris (Philosophy Now, Marzo-Abril 2011)

Traducción: Juan Carlos Álvarez

 

 Stephen Hawking ha causado recientemente un revuelo considerable en la academia, al escribir en su nuevo libro El Gran Diseño –y al repetirlo ante un grupo impaciente de periodistas y entrevistadores– que la filosofía practicada hoy en día es una pérdida de tiempo y que los filósofos constituyen un desperdicio de espacio. Más exactamente, Hawking ha escrito que la filosofía está “muerta”, al no haberse mantenido al corriente de los últimos avances de la ciencia, especialmente en el campo de la física teórica. En otros tiempos –ha concedido Hawking– los filósofos no sólo intentaban mantenerse al corriente, sino que a veces hacían ellos mismos contribuciones científicas significativas. Pero actualmente, en la medida en que tienen alguna influencia, los filósofos son sólo un obstáculo para el progreso debido a su interminable obsesión con las mismas viejas cuestiones de la verdad, el conocimiento, el problema de la inducción, etc. Si los filósofos hubieran prestado tan sólo un poco más de atención a la literatura científica, se habrían enterado de que ésas ya no son cuestiones vivas para nadie que esté remotamente al tanto del pensamiento más avanzado. Así pues, sus opciones son o bien cerrar la tienda y terminar con la farsa llamada “filosofía de la ciencia”, o bien seguir invitando a la burla adicional por su insistencia en esconder la cabeza debajo del ala.


De modo bastante predecible, los periodistas se pusieron a buscar a filósofos mediáticos –algo que no es difícil de encontrar hoy en día– que defendieran el argumento contrario de manera adecuadamente vigorosa. En general las respuestas, o aquellas que me encontré, parecían demasiado preocupadas por expresarse en términos conciliadores, o por conceder a la tesis de Hawking cierto grado de verdad si era juzgada según los criterios de la comunidad de las ciencias naturales, a la vez que discrepaban tácitamente en lo referente a la filosofía y las ciencias humanas. Creo que el argumento necesita una defensa más firme y tal vez menos tácita, ya que por otra parte parece una marcha atrás forzada para encubrir la propia desorganización interna. Además, hay una buena razón para plantear una defensa mucho más robusta por cuestiones de principios. Éstos tienen que ver con la necesidad de filosofar de los propios científicos, y con su tendencia a filosofar mal o a cometer ciertos errores evitables cuando no muestran al menos cierto interés pasajero por lo que tienen que decir los filósofos .

 

 
La Ciencia es Filosófica

El profesor Hawking ha estado dirigiéndose probablemente a los filósofos equivocados, o bien ha recogido algunas ideas incorrectas sobre las clases de discusión que tienen lugar actualmente en la filosofía de la ciencia. Su altivo rechazo de la empresa entera como una pseudodisciplina inútil, científicamente irrelevante, no recoge varios hechos importantes sobre el modo en que la ciencia ha sido practicada habitualmente desde su origen pre-moderno (siglo XVII) y, más aún, en los desarrollos acaecidos en los albores del siglo XX, tales como la mecánica cuántica y la relatividad.

 

La ciencia siempre ha incluido un componente filosófico considerable, bien al nivel de las presuposiciones básicas acerca de la evidencia, la causalidad, la construcción de teorías, la inferencia válida, la comprobación de hipótesis, etcétera, o bien en la fase especulativa donde los científicos ignoran la guía ofrecida por los filósofos bien informados sólo a riesgo de caer en diversas falacias o ficciones seductoras. Tales eran los “ídolos del teatro” contra los que Bacon advertía en su Novum Organum de 1620, y tales son –aunque en un sentido filosófico muy diferente– las ideas engañosas que, según Kant, tienden a apartarnos del camino de la investigación segura o de la búsqueda de la verdad. Esto sucedería con seguridad, advirtió, si supusiéramos erróneamente que el ejercicio de la razón pura (especulativa) sobre cuestiones que están fuera y más allá de la esfera empírica produce la misma clase de conocimiento que sólo puede conseguirse sometiendo las intuiciones sensoriales a conceptos adecuados y explicativos. Sin querer en modo alguno cargar a la ciencia con el equipaje de la metafísica kantiana, yo sugeriría que este diagnóstico, o alguno similar, debería aplicarse a muchísimos de los conceptos especulativos propuestos hoy en día por los físicos teóricos, incluyendo a los defensores de la teoría de cuerdas (Hawking entre ellos) y de algunas otras conjeturas vanguardistas. Estos pensadores parecen despreocupados –incluso alegremente inconscientes, se siente uno tentado a decir– por el hecho de que sus teorías no puedan ser sometidas a prueba o confirmación, ni tampoco a falsación tal como ésta es exigida por Karl Popper y sus seguidores. Después de todo, el rasgo peculiar de tales teorías es que postulan la existencia de lo que actualmente, y quizás para siempre, elude cualquier forma de confirmación mediante la observación o el experimento.  

 
La verdad es que la ciencia ha obtenido algunos de sus avances más notables precisamente aventurándose más allá de los límites de la evidencia fundada. A menudo esto ha abierto nuevos campos al seguir alguna línea de pensamiento especulativo que implica una tendencia, al menos por el momento, a arreglarse sin los puntales y las seguridades del método científico “bueno”. De hecho, esta confianza en las empresas teóricas que exceden el límite máximo de la evidencia empírica es algo que algunos filósofos atribuirían incluso a las leyes físicas más básicas y a las verdades científicas ampliamente aceptadas como “indudables”. En su opinión, no hay ninguna cosa tal como la auto-evidencia empírica clara, ya que las observaciones siempre están hasta cierto punto informadas teóricamente. Del mismo modo, las teorías científicas siempre están “subdeterminadas” por la mejor evidencia disponible, lo que significa que la evidencia siempre se halla abierta a otras interpretaciones igualmente racionales, en función de cierto ajuste de esta o aquella “hipótesis auxiliar” o elemento negociable de la creencia de fondo. A pesar de todo, no quiero llevar demasiado lejos esta línea de argumentación, porque entre algunos filósofos de la ciencia se ha convertido ahora en un artículo de fe, en un dogma mantenido tan tajantemente como cualquier precepto del viejo credo positivista no reformado. Además, lo anterior ha dado lugar a una variedad de enfoques sociológicos relativistas o “fuertes” que utilizan la tesis de la carga teórica y de la subdeterminación para poner en duda cualquier distinción entre teorías verdaderas y falsas, entre hipótesis válidas e inválidas, o entre ciencia y pseudociencia.


Con toda probabilidad, son conceptos de esta clase –ideas que tienen su fundamento en la sociología, o en los estudios culturales, o en las orillas más salvajes de la filosofía de la ciencia– los que han llevado al profesor Hawking a hacer pública su declaración. Sin embargo, no son en modo alguno pertinentes para mi argumento sobre el elemento especulativo implicado en muchos episodios del avance científico principal, y sobre cómo la filosofía ha desempeñado un papel conjuntamente posibilitador y regulativo en ese proceso. Con ello me refiero a su papel como fuente de nuevas ideas o hipótesis creativas y también como fuente de preceptos directivos con respecto a cuestiones tales como la evidencia empírica, la validez lógica, la garantía inductiva, la corroboración, la falsación, la comprobación de hipótesis, el razonamiento causal, el peso de la probabilidad, etc. Estas cuestiones sirven para mantener a la ciencia en el camino seguro y para impedirle que tome la dirección seductora hacia la especulación desenfrenada no anclada en la evidencia o hacia la pura fantasía de ciencia-ficción. Que en general los científicos pueden hacer esto por sí mismos es sin duda bastante cierto, aunque, debiera añadir, esto es en gran parte el resultado a largo plazo del trabajo de los filósofos. Desde Aristóteles ha existido una relación estrecha –aunque históricamente fluctuante– entre las ciencias naturales y aquellas ramas de la filosofía que adoptaron como parte de su tarea proporcionar a la ciencia una aprehensión más clara de sus propios fundamentos metodológicos. Además, a veces ha sido principalmente un cambio de la perspectiva filosófica el que ha causado un cambio epocal del paradigma científico, como aquellos cambios mediante los cuales, en la despreocupada expresión del filósofo americano W.V. Quine, “Kepler reemplazó a Ptolomeo, o Einstein a Newton, o Darwin a Aristóteles”.

No tengo ningún problema con la aversión de Hawking hacia la filosofía de la ciencia provocada por la clase de paradigma relativista indiscriminado que Quine buscaba promover. Por culpa de Quine (y de Thomas Kuhn), muchos piensan actualmente que el cambio de una teoría científica implica un cambio de los esquemas conceptuales tan radical que convierte a la historia de la ciencia en algo racionalmente inexplicable y a la filosofía de la ciencia en una pobre (y completamente dependiente) conjunción de sociología y psicología conductista. Si ésta fuera la única postura disponible para los filósofos actuales, debido a algún fracaso a gran escala del nervio intelectual, entonces Hawking estaría plenamente justificado al disparar toda su artillería antifilosófica. Sin embargo, Hawking ignora el potente giro hacia un enfoque realista causal-explicativo que ha sido el rasgo más visible de la filosofía de la ciencia en las dos últimas décadas. En lugar del anterior movimiento relativista, los actuales pensadores abogan por una concepción robusta de las clases naturales junto con sus estructuras y propiedades esenciales y sus disposiciones causales. De manera crucial, en el contexto actual su enfoque ofrece una evaluación crítica sobre la cuestión de lo que se considera correctamente como una búsqueda científica, y sobre lo que debería ser clasificado más adecuadamente como una conjetura metafísica o (en el límite) una mera invención.

Así que ahora la filosofía de la ciencia parece decidida a ocupar de nuevo su tierra nativa, volviendo a entrar en contacto con la física. No se trata sólo de un aspecto semántico relativamente trivial acerca de las ciencias físicas, en el sentido de que éstas han sido descritas como otras tantas ramas de la “filosofía natural” hasta fecha bastante reciente. Más bien se trata de que las teorías científicas –sobre todo las teorías de la clase ultraespeculativa que ocupan a los físicos teóricos como Hawking– implican una gran cantidad de filosofía encubierta que puede o no promover el interés del conocimiento y de la verdad. Lo anterior debería ser reconocido si no queremos quedar atrapados en una falsa apelación a la autoridad de la ciencia, como si ésta poseyera la clase de autoevidencia pura o de garantía indudable que permite prescindir legítimamente de la “filosofía” como una reliquia del pasado pre-científico.

Y menos aún deberían los filósofos llevar su respeto justificado a la ciencia y a sus muchos logros impresionantes hasta el punto de traspasarle toda la autoridad sobre cuestiones que están dentro de su propia esfera de competencia. De este modo, resulta contraproducente para todos los interesados, tanto filósofos como físicos, la sugerencia de Quine y de otros en el sentido de que siempre deberíamos querer cambiar los principios de la lógica para poder dejar espacio a nuevos resultados desconcertantes, anómalos o completamente incomprensibles. Tal vez la aparente paradoja cuántica del dualismo onda/partícula pierda temporalmente su aguijón si se suspenden las reglas clásicas de la bivalencia o del tercio excluso, es decir, aquellas reglas que exigen que reconozcamos la verdad de la proposición “la luz se propaga como ondas” o de la proposición “la luz es una corriente de partículas”, pero seguramente no la verdad de ambas por mor de la contradicción lógica. Sin embargo, la “solución” revisionista da lugar a problemas aún más insuperables, ya que deja tanto a los científicos como a los filósofos estancados en un enorme déficit normativo. Después de todo, si éstos aceptaran la propuesta de Quine entonces carecerían de los recursos conceptuales más básicos para evaluar las proposiciones, las teorías o las hipótesis, para pronunciarse sobre su consistencia (lógica) interna e incluso sobre el grado en que se mantienen correctamente junto a otros elementos del saber científico.

Aquí, una vez más, los filósofos harían mucho mejor si no abandonaran sus armas, si rechazaran esta línea particular de la resistencia mínima, y si defendieran la indispensabilidad (por motivos empíricos y también “puramente” racionales) del debido respeto a la regla clásica de la verdad/falsedad bivalente. No se trata de que con esto puedan conseguir alguna vez lo que Hawking parece prever en el párrafo final de su libro, cuando se maravilla ante el pensamiento de que la “lógica abstracta” pudo haber producido la maravillosa profusión de los conocimientos científicos actuales. Aquí el punto central –del que su propio libro da amplias muestras– es que el conocimiento científico proviene de un proyecto disciplinado aunque a menudo muy inventivo de búsqueda, donde el razonamiento “abstracto” desempeña un papel crucial aunque esté lejos de ser omnicomprensivo o autosuficiente. Este proyecto combina los procedimientos básicos de la lógica, p.ej. el pensamiento hipotético-deductivo y el razonamiento inductivo basado en la evidencia, con toda una variedad de recursos auxiliares tales como la analogía, los experimentos mentales, la conjetura racional y –subsumiendo a todos ellos– la inferencia a la explicación mejor o más adecuada.

Hawking ofrece numerosos ejemplos del uso de cada uno de estos instrumentos filosóficos a lo largo de su libro, junto con otros casos donde su funcionamiento conjunto es lo único que podría explicar posiblemente cómo la ciencia ha sido capaz de conseguir algún avance particular. A pesar de todo, Hawking se ve obligado –por la “lógica abstracta” de su propio enfoque doctrinario de “la ciencia es lo primero”– a ignorar esta evidencia cuando declara la irrelevancia total de la filosofía para cualquiera que posea una cosmovisión adecuada (es decir, científicamente informada). De hecho, puede ser bueno que los filósofos les recuerden de vez en cuando a los científicos que su pensamiento más productivo implica muy a menudo una interacción compleja de datos empíricos, teorías, hipótesis de trabajo, conjeturas verificables e incluso (a veces) ficciones especulativas. Igualmente ausente del relato de Hawking se halla el papel de guardiana de la filosofía, cuando ésta señala aquellos casos en los que la ciencia se desvía sin reconocerlo de un modo de razonamiento a otro distinto, o –como ocurre con frecuencia hoy en día– donde determinadas restricciones empíricas son pasadas por alto y la conjetura racional empíricamente informada deja paso a la pura fabulación.

Además de esto, hay teorías supuestamente de vanguardia que, al ser estudiadas con atención, acaban reproduciendo inconscientemente ideas pasadas de la historia del pensamiento que han sido criticadas y finalmente abandonadas. El libro de Hawking propone dos de estas teorías. Una es su central “Teoría-M”, que tiene que ver con las dimensiones múltiples –once en el último recuento– que se consideran constituyentes de la realidad última más allá de las apariencias, a pesar de nuestra percepción sensorial limitada a 3+1 dimensiones de nuestro mundo espacio-temporal familiar. En este relato no puede haber una única y comprensiva “Teoría del Todo”, de la clase favorecida por personas optimistas como Steven Weinberg, pero podemos esperar conseguir toda una variedad de teorías regionales especialmente adaptadas, que entre todas ellas apuntan a la naturaleza y estructura última de la realidad. La otra idea de Hawking, estrechamente relacionada con la anterior, es la del “realismo dependiente del modelo”, un enfoque que hace una concesión (según la mecánica cuántica ortodoxa) al efecto de observación del elemento observado, pero que sin embargo mantiene un adecuado respeto hacia la objetividad de la verdad científica.

Aquí el argumento de Hawking muestra todas las señales de ir a la deriva entre varias posiciones adoptadas por diferentes filósofos, desde Kant hasta el presente. Hawking gasta mucho esfuerzo en lo que parece ser un refrito mayormente involuntario de episodios de la historia del pensamiento idealista o cripto-idealista, episodios que han arrojado una larga sombra sobre la filosofía post-kantiana de la ciencia. Esta sombra todavía se cierne pesadamente sobre las dos ideas centrales de Hawking: la Teoría-M y el realismo dependiente del modelo. Ambas ideas parecen estar destinadas a reabrir la vieja división kantiana entre una realidad última “nouménica”, que se encuentra para siempre más allá del conocimiento humano, y un reino de apariencias “fenoménicas” al que estamos confinados en razón de nuestros límites perceptuales y cognoscitivos. Así pues, si Hawking tiene razón cuando acusa a algunos filósofos de una culpable ignorancia de la ciencia, entonces hay lugar para un cortés pero firme tu quoque, que puede expresarse en los términos bíblicos de “ver la paja en el ojo ajeno, y no la viga en el propio”. Igualmente, la hostilidad o la indiferencia hacia la filosofía pueden llevar en ocasiones a los científicos, sobre todo a aquéllos que tienen una tendencia especulativa fuerte, no sólo a inventar de nuevo la rueda, sino a producir ruedas que no avanzan en línea recta y que por consiguiente tienden a hacer volcar el vehículo.

Un entendimiento sólido de estas cuestiones, tal como han sido discutidas por los filósofos en las últimas décadas, podría haber moderado el desprecio de Hawking y también aguzado su atención crítica hacia ciertos aspectos de la física teórica actual. Mi argumento no es tanto que una fuerte dosis de realismo filosófico podría haber cortado las alas especulativas de Hawking y de otros físicos teóricos, sino más bien que los filósofos tienen mucha práctica en avanzar a través de aguas revueltas, o en lograr navegar a pesar de todos los remolinos provocados por una confluencia de ciencia, metafísica y conjeturas extravagantes. Después de todo, la física se ha apoyado cada vez más en exclusiva en la clase de pensamiento especulativo disciplinado que los filósofos han inventado típicamente, que han desarrollado, y que luego han criticado cuando sobrepasaban los límites de la conjetura racionalmente responsable. Tales son los experimentos mentales “de sillón” que afirman obtener alguna tesis sustantiva, es decir, no trivial, acerca de la naturaleza del mundo físico por medio de un pensamiento riguroso que establece la verdad (o, con igual frecuencia, la falsedad demostrable) de cualquier proposición afirmándola o negándola.

Sin duda, hay lugar para debatir si éstos son realmente (y de modo notable) ejemplos del descubrimiento científico conseguido mediante un ejercicio del razonamiento a priori, o si se reducen, como dirían los escépticos, a una especie de tautología disfrazada. Sin embargo, hay demasiados ejemplos impresionantes en la historia de la ciencia –desde el maravilloso experimento mental de Galileo que demostraba que Aristóteles debía estado equivocado sobre los cuerpos en caída libre, hasta varios resultados cruciales relacionados con el quantum– para que alguien sostenga de forma convincente que los resultados obtenidos en el “laboratorio de la mente” sólo pueden impresionar a los filósofos ansiosos por defender su gremio. De hecho, hay un sentido en el que la empresa científica se mantiene o se derrumba sobre la base de la validez del razonamiento contrafáctico-condicional, es decir, razonando cuál sería necesariamente el caso si se obtuvieran ciertas condiciones o se mantuvieran determinadas hipótesis. En su aspecto negativo, esta clase de pensamiento implica razonar sobre lo que habría sido el resultado si ciertos factores causal o materialmente relevantes no hubieran estado vigentes en algún caso concreto. Hawking se apoya constantemente en tales principios filosóficos, a fin de presentar y justificar sus afirmaciones sobre el curso actual y el futuro probable del desarrollo de la física. Por supuesto, él es muy libre de actuar así, pero haría mejor en reconocer su fuente en las formas de pensar y en los protocolos de argumentación válida que implican fundamentos científicos y también claramente filosóficos.

 Lo anterior nos devuelve al punto que probablemente provocará la mayor resistencia por parte de aquellos científicos –principalmente físicos teóricos– que son los que realmente tienen más que ganar ante cualquier aseveración de la filosofía que reclame una audiencia en tales asuntos. Es esto lo que los científicos suelen perderse cuando empiezan a especular con cuestiones que exceden no sólo la mejor evidencia observacional actual, sino incluso el límite de lo que es actualmente concebible en términos de verificabilidad. Dicho en palabras sencillas: un trabajo útil para el filósofo de la ciencia es clasificar los errores y las confusiones que los científicos –sobre todo los físicos teóricos– cometen a veces cuando dan rienda suelta a un modo de pensar especulativo. Mi libro Quantum Theory and the Flight from Realism [‘La Teoría Cuántica y la huida del Realismo’] encontró numerosos casos que ilustraban este argumento en las declaraciones de teóricos cuánticos, desde Niels Bohr –una figura pionera, pero asimismo la fuente principal de la mistificación metafísica– hasta los actuales defensores (Hawking entre ellos) de la teoría “multiverso” o de los múltiples mundos. Adaptando el famoso dicho del economista Keynes: los científicos que afirman que la filosofía no sirve para nada son quienes más probablemente suscribirán una vieja y mala filosofía o una nueva filosofía insuficientemente fundamentada, que ellos no reconocerán plenamente.

Hoy en día contamos con una gran cantidad de pensamiento (cuasi-)científico situado en el extremo –digamos– más creativo o imaginativo de la escala, que cae dentro de esa categoría híbrida de la conjetura metafísica altisonante vinculada a cierto grado de perplejidad, controvertida o al menos alejada de resultados empíricos decisivos. No es una mera cuestión de orgullo para los filósofos el reclamar una competencia especial a la hora de juzgar si el pensamiento ha cruzado esa línea del reino de la conjetura racional científicamente informada (aunque aún no probada), para ingresar en el reino de la especulación no fundamentada o de la fantasía absoluta de ciencia-ficción. Sólo tenemos que ojear cualquier número de New Scientist o de Scientific American para ver en qué medida el pensamiento científico último habita en esa zona fronteriza y sombría donde los tres elementos (conjetura informada, especulación infundada y ficción pura) se entremezclan, de modos tales que un filósofo adecuadamente entrenado sería el mejor equipado para señalar. En ninguna parte resulta esto más evidente que en los últimos cien años del debate sobre las implicaciones aparentemente paradójicas de la mecánica cuántica. Estas paradojas incluyen el dualismo onda/partícula, el llamado “colapso del paquete de onda”, el papel del observador al causar o inducir dicho colapso, y –sobre todo, ya que parece el único modo de conciliar estos fenómenos dentro de algo similar a una ontología coherente– la interacción más rápida que la luz entre partículas separadas por grandes distancias.

Me arriesgaré a la acusación de autobombo desvergonzado y sugeriré que los lectores lean mi libro, donde se expone la postura de que las anteriores cuestiones son pseudodilemas causados por una mezcla de evidencia inestable, razonamiento dudoso acerca de la misma, extrapolación imaginaria, y una negativa rotunda a considerar teorías alternativas (como la del físico David Bohm) que aligeran bastante la carga de la paradoja no resuelta. Al menos, haríamos mejor en confiar en las clases de consejo suministrado por filósofos científicamente informados y con un sentido bien desarrollado de cómo el pensamiento especulativo puede descarrilar a veces, que en las clases de consejo –incluido el consejo de “pongamos freno a la filosofía”– emitidas por científicos poco informados en filosofía.

Conclusiones

Sin duda, hay una buena cantidad de filosofía ignorante, obtusa o ideológicamente sesgada que o bien rechaza o bien intenta participar –pero no lo logra– en las preocupaciones de la ciencia actual. Uno puede entender la impaciencia de Hawking –o su patente exasperación– con algunas nociones incompletas expresadas por filósofos insumisos y aspirantes a colaboradores por igual. A pesar de todo, Hawking haría bien en considerar el papel históricamente probado y hoy en día más esencial que nunca de la filosofía como disciplina crítica. Ésta sigue ofreciendo las clases de argumento que la ciencia necesita a fin de disipar no sólo las ilusiones de la certeza sensorial ingenua o de la autoevidencia  intuitiva, sino también las confusiones con las que el pensamiento especulativo se encuentra cuando se desvincula de cualquier apelación restrictiva a principios reglamentarios, tales como los de la inferencia a la mejor explicación. Adaptando una cita de Kant a un contexto diferente aunque relacionado: la filosofía de la ciencia sin conocimiento científico es vacua, mientras que la ciencia sin la guía filosófica es ciega. Como mínimo, sin la filosofía la ciencia tiene una peligrosa tendencia a confundir las seducciones de la invención hipotética pura con el trabajo de formular conjeturas racionalmente garantizadas, metafísicamente coherentes y –aunque sólo sea con el paso del tiempo– empíricamente contrastables.


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Christopher Norris es Profesor de Filosofía en la universidad de Cardiff.
- Lecturas complementarias:
- Stephen Hawking & Leonard Mlodinow, The Grand Design: new answers to the ultimate questions of life (Bantam Press, 2010).
- Christopher Norris, Quantum Theory and the Flight from Realism: philosophical responses to quantum mechanics (Routledge, 2000).
- David Papineau (ed.), The Philosophy of Science (O.U.P., 1996)

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Título original: ‘Hawking contra Philosophy’.
Fuente: Philosophy Now.

Tomado de: http://realismo-especulativo.blogspot.com/2011/05/stephen-hawking-contra-la-filosofia.html#more 

 

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