Se muestran los artículos pertenecientes al tema Ráfagas.

21/12/2004

1984 / Marcela Chacón

rousseau01.jpgLas cosas continuan cambiando imperturbablemente. De día, en la noche, en los sueños, en la quietud de las semanas, todo ahí modificándose de manera imperceptible. Como las nubes en el cielo pero con materiales diversos, antagónicos. No para. Cuando una pareja sirve dos tazas de café y la hojarasca se pudre en la tierra.



Se desea permanecer con "alguien" hasta que la muerte disponga lo contrario por el sencillo deseo de verse consumido en el otro, consumidos en la existencia.



El hombre pertenece a su mundo. La mujer al suyo, pero también al de él ya que debe poseerlo para subsistir; de ahí, la debilidad de ellos ante el mundo femenino.
21/12/2004 04:47 Enlace permanente. Tema: Ráfagas No hay comentarios. Comentar.

28/10/2004

Decisión / Ana Balderrama

nube enorme y campo.jpgTal vez idealizo demasiado este viaje, el cual no lleva a ningún lado. Saber esto también me cambia la cara, pues todo es vano e inútil. Entonces todo es bello y todo es terrible y lo sé. Mi vida es un buen capullo, no puedo negarlo, el único problema ha sido un poco el cascarón, los límites y mi temperamento.
Tengo demasiada furia contra un mundo al cual no pedí venir, eso es cierto, pero también tengo demasiado amor por sus detalles. Mi viaje ha sido una búsqueda del equilibrio. En él es en lo que más creo. Mentiría si dijera que equilibrio es estar en paz, ese es un extremo. El auténtico equilibrio es contemplar tanto lo bello como lo terrible, el bien y el mal con los mismos ojos. El verdadero debe ser increíble.
Viajo por los extremos, voy de derecha a izquierda, lo que a veces me hace falta llega y me complementa. Soy una vorágine de contemplación. Lo que a veces me sobra simplemente desaparece. Implacable en un diminuto universo personal, pero insisto, a veces los límites son tan cortos y me expando tanto que al resto le sorprende la velocidad y precisión de mi pensamiento. Al fin de cuentas, incomprensible. No hay en mí, recoveco que signifique algo absoluto, nada es eterno, todo muta, nada permanece, todo se degrada. Me alegro por ello. En el camino estorbo a tantos.
La vida para mí no es un regalo ni un don, es. La aprecio con la misma fuerza que aprecio al viento que mueve las nubes o al anciano olvidado que probablemente murió solo en épocas pasadas. Me la podrían quitar y tal vez agradecería tal gesto, después de todo no hay porque aferrarse a ciertas cosas que nacieron para morir.
No creo en mi mal humor, sino en mi eterno malestar para con lo otro. En mi no caben las cosas de la vida, ésas que se deberían de pasar por alto. Soy intolerante, aunque mi segunda creencia es el conocimiento. Me gusta conocer para lograr el equilibrio, no la tolerancia raquítica que construye muros insuperables.
Quisiera ser amante todo el tiempo de un ser igual a mí, encontrarme en otro y que en verdad nada importe, morir probablemente de hambre y que sea lo más hermoso. Pero no creo verme a mí en otro cuerpo.
Ahora, edad extraña, tengo que debatirme en cosas verdaderamente vanas. Mundo sordo que oye mis penas y las consuela como a miles. No es que quiera violencia, pero quiero sinceridad absoluta, una verdadera ética de la descortesía con tal de informarnos unos a los otros nuestra pequeña verdad.
Este viaje es largo, lo bueno es que no tiene regreso, este viaje es largo y lo malo es que no tiene regreso.
Vivir en un parque, trabajar varias horas, lograr la beca, comer el postre, tener poca hambre, sentir mucho miedo. Me niego a veces a todo, pero me fascino si lo tengo. Absurda teoría que cambia, tan pronto me aparece un nuevo reto. Lo quiero todo, lo terrible, lo etéreo.
Claro que tengo un sentimiento humilde de agradecimiento, las cosas que me han pasado me han hecho. Nada más grande: suma perfecta para dar lo que soy, no me quejo, repito. Simplemente sé que hay más, otras cosas, más altas, más bajas. Agradezco con fuerza esta vida que me ha tocado, cada dolor y cada placer ha sido exquisito; más de esos por favor. Así es, al fin la vida que no vale nada.
Marchitarme aún no me da miedo pero sé que será uno de los más grandes que vaya a tener. Después de todo no habré hecho lo suficiente, aunque nunca haya hecho el esfuerzo.
Por el momento estoy furiosa con aquellos que, tal vez con razón, no confían en mí. No soy un monstruo, de eso estoy segura, soy lo más parecido a un Luzbel hermoso y rebelde ante su padre, no soy lo peor, soy el extremo incómodo de la perfección, casi un ángel que por accidente está en este mundo valorando lo que dejó atrás. Eso siento y me gustaría creerlo de verdad. No me lo creo, pero la poesía allí está, y el milagro tal vez suceda.
No soy mala, ni soy buena. Quiero ser ambas.
Resulta imposible controlarlo todo, y aunque no le he querido hacer, siempre hay algo atrás de mí que lo hace, lo intenta.
Este mundo esta mal, y hay que hacer algo al respecto, este mundo esta bien y hay que hacer algo al respecto.
Día a día estoy muriendo. Día a día vivo.
Qué mejor equilibrio es éste, pues una cosa mueve a la otra, es dinámica pura.
Amo muchas cosas, y me gusta tener el poder de odiarlas de vez en cuando.
Soy algo complejo a ojos de quienes ven todo demasiado cotidiano. Soy lo más natural e instintivo a ojos de los sabios, eso lo puedo asegurar.
No me limito, no escatimo con mis desvíos y dejo que todo corra como si yo no existiera, lo que vendrá a ser mío, mío será.
Complementación y ausencia.
Quiero jugar esta vida, quiero ganar en este viaje la satisfacción de haber estado donde quería estar, aunque no supiera lo que quería, quiero llevar y dejarme llevar.
Quiero morir y vivir a diario.
Tener miedo a mi llama que se agota.
Pedir perdón no está en mis planes, ni pedir explicaciones. No quiero espinas en ningún lado, lo que sea, sea.
Quiero, claro, libertad de poder viajar sin plan ni rumbo fijo.
Acabo ahora, en un lamento triste de que la vida sigue y yo no soy nada. Acaso el ángel que sé ser.
Arrasar con todo para luego apreciarlo, vaya forma de amar.
28/10/2004 04:33 Enlace permanente. Tema: Ráfagas Hay 1 comentario.

19/10/2004

La mujer y el zorro / Marcela Chacón

modigliani, morena.jpgTenía el puño cerrado apretando un papel. El piso de cemento se le venía encima. Sólo veía la punta de sus zapatos negros, rápido, primero uno, luego el otro. El piso ahí: una ráfaga uniforme y gris.

Queridos:
No quiero ya dañarlos. Como siempre, la casualidad depara encuentros que trastocan y al mismo tiempo dan afluencia a lo conocido. Me encuentro completamente sobria y tranquila, es más, las cosas ahora han caído en el fondo. Yo no sé cuánto tiempo permaneceré así. Prometo que intenté sustraerme.

Ha hecho lo imposible por permanecer, por impregnarme de cicatrices. Todo perfectamente meditado, sintiendo sin temores y en cada uno de sus poros la pertenencia evasiva y miedosa de mi cuerpo.

Él tranquilo, con la calma que proporciona la conciencia del éxito.

Vez con vez intenté oponer nuevas y más sofisticadas resistencias. Un día llegué a ausentarme, a no dejar rastro alguno soportando el escozor en el vientre, la urgencia. Llegó, se presentó como si la noche anterior hubiésemos estrechado nuestro abrazo hasta el sueño.

Como lo saben, o quizá ni lo han notado, sin darme cuenta se ha ido apoderando de la sonrisa de ustedes. Los niños de la familia esperan su llegada para mecerse en su regazo y sin decir mucho pone una nota clara donde la confusión se reúne. Yo misma me he encontrado también sorprendida en la musicalidad de su paso. De pronto el café lo he empezado a tomar sin azúcar o, por ejemplo, la satisfacción de trabajar para algo, así, me ha empezado a parecer bochornosa; en cambio, he notado –no sin esfuerzo- que prefiero contemplar la calle desde mi ventana y mirar los ocho invisibles puntos chicos y dos grandes que deja un gato en su camino, o adivinar cuál será el siguiente coche rojo que pase por la esquina. Aún así, no soporto todavía la idea de pasearme por la transparencia luminosa de la noche. Finalmente eso es lo que temo: no me le parezco.

Y bien, además me percato de cómo al dejarme levantada en las mañanas (cuando perdura el aroma del café y rozo con mi camisón sus pasos en la alfombra) quedo sin medida, no más chica o grande, simple y llanamente sin medida, con la cabeza llena de espuma y aire.

Deseo entonces sumergirme en la cama, oler de nuevo las sábanas y cerrar los ojos. Soporto el día hasta que escucho cómo introduce y gira la llave en la chapa. No importa si tenía yo que ir al banco o incluso pagar la renta. Esperarlo. Para despertar.

Debo aclarar que él no ha pedido nada. Así sería fácil negárselo, ejercer verbalmente mi poder con velocidad vertiginosa. No puedo.

No espero con ansia. No hay esmero en el brillo que pueda querer desear en su mirada. Llega como absoluto, no es explicable.

Él me ve y no sonríe, como los zorros que apuntan sus preferencias con el húmedo hocico.

Lo sé, digo tonterías pero deben intentar comprenderme. He encontrado en mi cuerpo sitios para mí desconocidos, recónditos agujeros que desplaza hasta su propio cuerpo, y es ahí a donde me doy cuenta que pertenecen y cobran vida.

Lo he decidido ya y –vuelvo a insistir– él no ha pedido nada. Desaparezco. Es posible que duden de mi felicidad. No lo hagan.

Les quiero.
19/10/2004 05:36 Enlace permanente. Tema: Ráfagas No hay comentarios. Comentar.



El cartapacio del Alecrán

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