|
Se muestran los artículos pertenecientes al tema Mono politicans. 14/11/2004La pesadilla en el poder / Díaz Polanco Una guerra política sin cuartel. Así puede caracterizarse el embate que ha emprendido el gobierno mexicano, respaldado por los partidos políticos neoliberales, personajes del poder judicial, los medios electrónicos y sectores empresariales, contra el jefe de gobierno del Distrito Federal, Andrés Manuel López Obrador (AMLO). La razón es sencilla: el mandatario local es, por mucho, el puntero en las preferencias para la elección presidencial de 2006. Asimismo, es una figura con un aura de honestidad y eficiencia como gobernante, que ha manifestado un enérgico rechazo de las políticas neoliberales implantadas por el antiguo priismo y continuada por actual gobierno de derecha.López Obrador ha predicado con el ejemplo. Durante su gobierno estableció una política de austeridad y combate a la corrupción; impulsó grandes obras públicas; fomentó los programas de vivienda popular; fundó hospitales, escuelas públicas y una nueva universidad (en treinta años no se había creado ninguna en la zona metropolitana), e implantó una política social que incluye apoyos económicos y asistencia a sectores vulnerables (ancianos, madres solteras, jóvenes, indígenas...), con lo que ha ganado principalmente su amplia popularidad. El contraste con el gobierno del presidente Vicente Fox ha sido brutal. En medio de los escándalos por actos de corrupción en las altas esferas, con un gabinete gris y sin rumbo, el gobierno nacional parece incapaz de enfrentar los grandes problemas del país. En particular, la economía está estancada; el desempleo y la pobreza van en aumento. Fox se comprometió con un crecimiento de 7 por ciento anual; pero ya en el último tercio de su gestión, el saldo es decepcionante: apenas 1.2 por cierto anual en promedio. El desempeño es también desalentador para un impaciente sector de los inversionistas, pues ninguna de las reformas “estructurales” impulsadas por Fox, para profundizar el modelo neoliberal, ha sido aprobada por el congreso, lo que refuerza la imagen de un equipo gubernamental ineficaz y con nula capacidad negociadora. El síndrome del antichavismo adquirido El resultado ha sido que la simpatía de la población se ha volcado hacia AMLO. A mitad del sexenio foxista ya era absolutamente claro que López Obrador arrasaría en las urnas. Esta es la pesadilla que perturba el sueño de la minoría que se ha beneficiado con el modelo neoliberal. Los resultados de las encuestas que llegan a sus escritorios cada día, aumentan el pánico de los altos mandos del gobierno, de los partidos coaligados con éste y de sus socios del sector privado. Les desvela la idea de que pueda ocupar la presidencia del país un político que califican como “populista”, lo que en su definición peculiar significa un gobernante apartado de los patrones y lineamientos neoliberales que se han aplicado con puntualidad durante los últimos veinte años. El fantasma de Chávez en Mesoamérica, a lo que hacen constantemente alusión en los últimos tiempos, les inquieta. Más aún, la visión de “otro Chávez”, ahora en el gobierno de un país como México, alarma a los grupos de poder interno, lo mismo que a poderosos intereses transnacionales. Aterrados ante la perspectiva de un gobernante que aplique políticas diferentes, y que eventualmente muestre que hay alternativas al modelo “todo para los ricos” aplicado por el foxismo, iniciaron una campaña feroz contra el gobierno del DF y, en particular, contra AMLO. La consigna es inequívoca: hay que atajar al abanderado de la izquierda partidaria. Quizás quien lo expresó de manera más cínica y directa, fue el ex canciller Jorge Castañeda: “A López Obrador hay que detenerlo por las buenas, por las malas o por cualquier otro medio”. No hay que olvidar esta frase ominosa. La operación ha sido continua. Durante 2002, se intentó meter al gobierno del DF en la ratonera del desacato a la ley, en el curso de un sonado litigio por un predio (el Paraje San Juan), que referiremos más adelante. AMLO logró demostrar que se trataba de un intento de fraude contra el erario capitalino y ganó el pleito en los tribunales. En marzo de 2004, inició la campaña en grande. Aprovechando los actos de corrupción de figuras del Partido de la Revolución Democrática (PRD), al que pertenece AMLO, videograbadas por un empresario dedicado durante años al tráfico de influencia y al fraude (Carlos Ahumada), mientras recibían dinero de éste, el gobierno inició una vasta maniobra de desprestigio. AMLO bajó siete puntos en las encuestas. Pero éste contraatacó: denunció que se trataba de un complot oficial; dio pruebas de que no tenía ningún vínculo con Ahumada y de que, por el contrario, el empresario entregó los videos al gobierno federal una vez que las autoridades del DF iniciaron acciones legales para enjuiciarlo por un fraude de tres millones de dólares. Se trataba de una confabulación política. Cuando comenzaron a salir las evidencias de que funcionarios (del ministerio público y del servicio de inteligencia federales) y legisladores del partido oficial estaban involucrados en la maniobra de desprestigio, AMLO volvió a subir en las encuestas. Luego se intentó ahogar financieramente al gobierno local, aprobando en el congreso restricciones a su capacidad de endeudamiento. El gobierno del DF hizo ajuste y no canceló su política social ni su plan de obras públicas, que era lo que se buscaba. Desesperados, en el curso de este año los adversarios de AMLO decidieron cortar por lo sano: fabricarle una acusación de desacato a la ley (a raíz de otro litigio por un predio, llamado El Encino), iniciar un proceso de desafuero, enjuiciarlo y así eliminarlo como posible candidato a la presidencia. Este proceso está en curso. Además, hace unas semanas, todas las fuerzas pro neoliberales representadas en la Cámara de Diputados se conjugaron para modificar la constitución y suspender del presupuesto del DF los fondos federales dedicados a la educación, lo que supondría disminuir los recursos del gobierno local en cerca del diez por ciento. El asunto se ventila ahora en la Cámara de Senadores. Durante el año que corre, el proceso dirigido a quitar el fuero al jefe de gobierno de la capital, para enjuiciarlo por la supuesta violación de una resolución judicial, ha absorbido buena parte de la atención pública. Pese al ataque sistemático en su contra, hasta hoy AMLO se mantiene firme en la cúspide de las encuestas. Pero, como se dijo, si éste es desaforado y procesado penalmente, podría quedar excluido de la contienda. El cálculo oficial es que de esa manera la izquierda partidaria sería marginada como opción política, no en las urnas sino mediante un artilugio legal. Así, estaría garantizado que el poder estatal permaneciese en manos del tándem neoliberal conformado por el partido de la derecha histórica, ahora en el gobierno, y la vieja fuerza autoritaria priista. Un sector creciente de la población sospecha que eso es lo que busca el gobierno, bajo el ropaje de un proceso “judicial”. Si éste lograra su propósito, las consecuencias serían impredecibles. Pero precisamente porque la mencionada sospecha es cada vez más fuerte, la mayoría de los mexicanos -según todos los sondeos- sigue pensando que AMLO es un buen gobernante y es víctima de una maniobra política para excluirlo de la contienda electoral de 2006. En efecto, según las encuestas nacionales recientes, la aceptación de López Obrador es cercana al 80 por ciento en la capital y alcanza más de 60 por ciento a escala nacional, a una enorme distancia de todos los otros posibles candidatos presidenciales. Y de acuerdo con un sondeo realizado a principios de septiembre pasado por la reconocida empresa Mitofsky, cerca del 60 por ciento de la población rechaza el proceso de desafuero del mandatario capitalino. La polémica por la justicia Es por esto que la otra vertiente de la cruzada neoliberal contra el gobernante del DF busca convencer a los mexicanos de que éste es un político que ignora el derecho y quiere ponerse por encima de la ley, esto es, una persona peligrosa y poco fiable. Con ese lema han intentado justificar el proceso de desafuero. En los últimos años, de manera persistente, funcionarios del gobierno federal (incluyendo al presidente), diversos “formadores de opinión” afines a éste, y hasta miembros del poder judicial, han repetido en diversas formas que el jefe de gobierno del DF no acata las normas legales. Hay que decir que la campaña ha permeado a un sector de la población. Se buscó consolidar esta imagen a raíz del mencionado litigio por el predio Paraje San Juan. Este caso es interesante, pues permite observar otro ángulo del conflicto entre AMLO y sus adversarios políticos: las visiones encontradas por lo que respecta a la aplicación de la ley y la justicia. Todo inició cuando el presunto propietario del llamado Paraje San Juan, un terreno de 298 hectáreas que había sido expropiado años atrás, logró una sentencia a su favor que ordenaba al actual gobierno del Distrito Federal el pago de la fabulosa suma de mil 810 millones pesos (unos 180 millones de dólares) como indemnización. Para entonces, las investigaciones ordenadas por AMLO sobre el caso ya habían arrojado indicios de lo que en verdad había ocurrido: propietarios inexistentes, documentos falsos, destrucción de pruebas documentales, falsificación de firmas, sobornos, etcétera. En suma, un descomunal fraude, una ofensa a la justicia, que urdía un asalto contra los recursos públicos, con la bendición de la “ley”. Al jefe de gobierno se le notificó el dictamen de la primera sala de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN), del 5 de junio de 2002, que pronunciaba: el asunto del Paraje San Juan "ya constituyó cosa juzgada, esto es, verdad legal, por lo que tiene que cumplirse inexorablemente". Dirigentes políticos, legisladores y los medios ligados al gobierno, unánimemente gritaban que se debía acatar la sentencia sin más. En suma, el gobierno del DF sólo debía callar y pagar. Pero el hecho es que AMLO ni calló ni estuvo dispuesto a pagar. En cambio inició un ataque frontal contra esa lógica de aplicación de la “ley” y su “verdad”, denunció la corrupción que ocultaba y puso en tela de juicio una administración judicial que aplastaba la justicia. Así, a la ley manipulada por los corruptos, opuso la ley al servicio de la justicia. Fue entonces cuando entró en la lid nada menos que la cabeza del Poder Judicial, buscando desacreditar los empeños legales que desplegaba el jefe de gobierno para evitar el fraude. Aunque AMLO expresamente no se colocaba fuera del cauce del derecho, los involucrados en la lógica que aquél combatía buscaron presentarlo como alguien que quería ponerse por encima de la ley. En verdad, lo que hizo el jefe de gobierno fue apoyarse en los recursos de la ley para evitar el abuso de ella. A principios de octubre de 2003, solicitó la intervención de la Suprema Corte para que investigase las posibles conductas fraudulentas. La respuesta fue fulminante: el presidente de la SCJN, ministro Mariano Azuela Güitrón, determinó que procedía desechar la petición de AMLO “por notoriamente improcedente". Lo más asombroso de esta conclusión era que se rechazaba la petición fundándose en que AMLO no era “gobernador”. Evidentemente, la interpretación era, por decirlo lo menos, de una literalidad insólita y banal. Barrer la escalera de la corrupción Pero si el propósito era parar en seco la impugnación, mediante el argumento de la falta de representación legal del jefe de gobierno, el plan fracasó. AMLO perseveró en el cauce legal, provocando el escándalo en ciertos círculos y, como se verá, la furia del magistrado presidente de la SCJN. El gobierno del DF presentó ante la SCJN un recurso de reclamación. Pero el mandatario del DF incurrió en una transgresión, un acto imperdonable a juicio de sus adversarios. En lugar de esperar calladamente a que la ley hiciera lo suyo, de acuerdo con las reglas tácitas del aparato, habló de las implicaciones del caso y tocó fibras sensibles. Y aquí se dio la ocasión para una de las polémicas públicas más ricas sobre la justicia y la ley de los últimos tiempos. Primero, AMLO dijo que no pagaría, pues ello implicaba utilizar los recursos del presupuesto para convalidar un acto de corrupción. Luego explicó por qué, a su juicio, no luchar contra la resolución lastimaría principios éticos y a la justicia misma. Y para rematar hizo una crítica fuerte a la administración de la ley y al sistema judicial mismo. Se requería limpiar la corrupción, dijo, “de arriba para abajo, como se limpian las escaleras". Inmediatamente, un coro de comentaristas manifestó su alarma por esta negativa “a cumplir la ley”, y los diputados del partido oficial (PAN) ante la Asamblea Legislativa exigieron al mandatario a obedecer la resolución judicial. “Los desacatos” del jefe del gobierno, dijeron, atentaban “contra la democracia”. Esta tesis implicaba supuestos muy interesantes, aunque sorprendentes. Según este parecer panista, por ejemplo, litigar en los foros legales para impugnar legalmente una resolución era equivalente a un desacato y un atentado contra la democracia. ¿Cómo se desacata la ley mientras se ejercen recursos de defensa que reconoce la propia ley? Esto nunca se explicó. ¿Bradbury o Kafka? La campaña llegó a su clímax cuando el propio presidente de la corte suprema del país se lanzó al ruedo, el 27 de octubre, para defender la “libertad”. Con un estilo elíptico (y a veces enrevesado) y aprovechando que hablaba en una feria de libros jurídicos, Mariano Azuela tomó como hilo de su discurso la novela Farenheit 451, de Ray Bradbury, la conocida alegoría en torno a la prohibición de los libros. Y de ahí extrajo su moraleja: los que no leen "corren el riesgo de ser manipulados por quienes [...] utilizan sus propios objetivos para dar apariencia de una democracia populista, donde es el pueblo el que decide qué es lo correcto". Finalmente, alentó a la sociedad a "instruir su intelecto mediante los libros", para evitar que "el pueblo sea un conjunto de seres manipulados... " Ni el más distraído de los ciudadanos dejó de advertir que el objeto de las indirectas de Azuela era el jefe de gobierno. Había algo de riesgoso en su alocución sobre el costo de no leer, pues parecía una crítica involuntaria al presidente Vicente Fox, quien no es muy afecto a “instruir su intelecto mediante los libros”, e incluso en una ocasión sugirió que existía una relación positiva entre ser feliz y apartarse de la lectura. Pero, al margen de esos detalles, importa aquí el fondo de la insólita arenga de Azuela. El magistrado presidente advertía, pues, contra la manipulación que podía resultar de no leer. La manipulación, a su vez, podía provocar la “democracia populista”. Lo importante es que Azuela proponía una variación radical de la mirada. Mientras AMLO miraba hacia dentro del castillo de la justicia y hablaba a los ciudadanos de los abusos que vislumbraba entre las paredes de ese palacio, Azuela buscaba desesperadamente desviar la atención hacia otro punto, convencer de que la fuente del mal se encontraba afuera, en la deficiencia de la gente misma y su posible manejo. Mientras el primero veía los peligros en la manipulación que se hacía de la ley en los salones y pasillos del sistema judicial, el segundo alertaba de los peligros de ventilar ante la gente lo que allá ocurría, una transgresión que sólo podía desembocar en la manipulación populista. Para uno, la sociedad es finalmente el árbitro del sentido de lo correcto, la que decide; para el otro son los magistrados y jueces los únicos intérpretes de lo correcto y en ellos radica la decisión. Para uno el principal peligro es la manipulación del derecho en tanto afecta a la justicia, para el otro el riesgo lo constituye la manipulación del pueblo en tanto pone en cuestión el ejercicio del derecho. Para uno la justicia es la sustancia de la ley, para el otro la ley es la sustancia de la justicia. Es por todo ello que para AMLO era importante no apartar la mirada de la arquitectura judicial, para ver sus rincones oscuros, ventilar sus corredores; mientras que para Azuela era vital proteger el castillo de las intromisiones de los que se arriman a sus puertas, pretendiendo ver su interior. Para AMLO el verdadero tema que planteaba el caso del Paraje San Juan era el sentido de la justicia; para su contradictor el punto clave era la majestad de la ley y el derecho. [1] De ahí que Azuela busque un asidero en la mencionada obra de Bradbury para imaginar algún amago contra la libertad, una amenaza que es externa al aparato de la ley, que viene del exterior. Pero, para abordar con provecho el problema que le preocupa al jefe de gobierno, el de la justicia en nuestra sociedad, la referencia relevante es más bien la novela El proceso de Franz Kafka y la curiosidad de éste por la obscenidad interna de la ley. Es esa obra la que nos presenta el aparato de la ley como un intrincado laberinto y un castillo protegido en el que el impotente acusado, el señor Josef K., jamás encuentra los cauces de la justicia. En su conversación con el sacerdote, que es también un esquivo miembro más del Tribunal, el señor K. escucha la “historia irresistible” de las puertas de la ley y su guardián. La ley funciona en un edificio cuyas puertas enormes son vigiladas por un guardián. A éste se acerca un hombre que le pide entrar en la ley. El guardián le responde que “ahora” no puede permitírselo. Una y otra vez, durante años, hasta el final de la vida del hombre y pese a sus súplicas, el guardián le niega la entrada. Envejecido, en el delirio postrero, todavía el hombre cree distinguir en la oscuridad un resplandor que emana de las puertas de la ley. Antes de morir hace una última pregunta al guardián: “Todo el mundo se esfuerza por llegar a la ley, ¿cómo es posible entonces que, durante tantos años, nadie haya pedido la entrada más que yo?”. El guardián, dándose cuenta de que el hombre se acerca a su fin, le responde: “Por aquí no podía tener acceso nadie más que tú, porque esta entrada estaba destinada sólo a ti. Ahora me voy y la cierro”. [2]Las puertas de la ley están hechas para el hombre; pero jamás puede traspasarlas. Como recuerda Slavoj Žižek al analizar este pasaje kafkiano sobre las puertas de la ley, su sentido profundo es que “no puede transgredirse la frontera que separa la vida cotidiana del lugar sagrado de la ley”. [3] En eso consistió la gran transgresión simbólica de AMLO, lo que provocó la ira en los círculos de poder: su intento de conectar la vida de la gente con la esfera de la ley, esto es, enlazar una resolución judicial que no “veía” o no quería ver la corrupción, con los efectos que ésta provoca en la existencia de los ciudadanos. En el mundo alucinado del castillo, la ley funciona con su propia lógica y sus propias reglas, sus ritos y sus oficiantes. Los profanos deben mantenerse al margen, si acaso a las puertas, jamás hablándole de justicia al tribunal e interpelándolo. Según como se miran las cosas desde el castillo de la ley, sólo la manipulación del pueblo, convertida en “masa”, puede incitar a la gente a albergar el deseo insano de hablar al Tribunal. Tal como lo refiere Kafka, según los “escritos introductorios de la ley”, el destino del ciudadano es terminar a sus puertas miserablemente, sólo refunfuñando entre dientes. Por lo demás, en el universo kafkiano “los intentos de establecer el modo de funcionamiento del Tribunal mediante el razonamiento lógico están condenados de antemano a fracasar”. El señor K. es envuelto en esta racionalidad y, sumergido en ella, está perdido. “El error fatal de K. -dice Žižek- consistió en dirigirse al Tribunal, al Otro de la ley, como una entidad homogénea sobre la que se podría influir con una argumentación consistente, mientras que el Tribunal sólo puede devolverle una sonrisa obscena, mezclada con signos de perplejidad”. En efecto, “K. espera del tribunal una acción (medidas legales, decisiones), pero lo que obtiene es un acto” impúdico, que allí puede interpretarse como el deseo decadente que invade el recinto. [4] El grito del texto kafkiano contenido en esta visión del aparato de la ley es que, en lugar de acciones provechosas, el ciudadano recibe los reflejos apenas visibles (la “luz débil”, “el vaho”, la “niebla blanquecina” que inundan el recinto del Tribunal y dificultan la vista, según la descripción de Kafka) de una cadena arrolladora y caótica de actos de corrupción. En ese mundo espectral, enloquecido, quizás el comportamiento de K. era más una fatalidad que un error, pues allí no tenía otra opción. Para que ese Tribunal funcione, se requiere que el sujeto se dirija sólo a él, suplicante, y en sus propios términos. En cambio, en el “mundo de la vida” -a que hace referencia Habermas- hay la opción de no dirigirse al tribunal en los mismos términos del desdichado K. Es a eso a lo que apostó AMLO. Finalmente, El proceso ilumina una contrariedad entre verdad-justicia y ley que aquí viene perfectamente a cuento. Además, nos permite entender lo que en la maquinaria del Tribunal significa realmente la ley: un mecanismo necesario que no se compromete con la sustancia de ninguna verdad, una máscara vacía, una voz sin sujeto. El teatro griego inventó la máscara como voz y como persona; la ley enmascara un vacío, una ausencia. De nuevo Žižek ha advertido esta peculiaridad. El rasgo distintivo de la ley, dice, “es que no hay ninguna verdad sobre la verdad. Cualquier garantía de la ley tiene el estatuto de una apariencia, de un semblante; la ley es necesaria sin ser verdadera”. [5] Después de una discusión sobre si el guardián de las puertas de la ley había engañado al hombre o era aquél el engañado, el sacerdote advierte a K.: “La acertada comprensión de un caso y la comprensión desacertada de ese mismo caso no se excluyen completamente”. Sólo son interpretaciones u opiniones sin mayor trascendencia para la ley. “La escritura-agrega el sacerdote-es invariable y las opiniones no son con frecuencia más que la expresión de lo desesperante que ello resulta”. Y al final remata sin desperdicios: “no hay que creer que todo sea verdad; hay que creer que todo es necesario”. La necesidad de la ley y la verdad de la justicia se oponen o no se implican mutuamente. En ese contexto opresivo, querer que las cosas sean de otra manera, es como pedir peras (justicia/verdad) al olmo (la ley). En el asunto que nos ocupa, hasta ahora, sería tanto como pedir peras a El Encino (y a este caso se puede agregar una larga lista: matanzas de opositores, guerras sucias, rescates bancarios, escándalos de corrupción, etcétera). Es a esta fatalidad a lo que ha querido oponerse AMLO en los últimos años. En respuesta, desde lo más alto del Tribunal (o de la Corte), se proyecta la voz de la ley, como un dios implacable: “¡La ley es necesaria, inexorable, y todo lo demás sale sobrando!” Pero contra los cálculos de la voz suprema del Tribunal, la SCJN dio un paso adelante y, el 4 de noviembre de 2003, tomó la resolución de conocer el recurso interpuesto por el GDF en contra del fallo que lo obligaba a pagar la indemnización mencionada. La Corte no pudo abstraerse de la nueva situación creada por la irrupción del debate público. El cambio en los términos en que el GDF se dirigió a la Corte, como por arte de magia, al menos por un momento deshizo el maleficio, disolvió la “niebla blanquecina”. Se había abierto una grieta en el monolito de la ley azueliana; se entreabrían las puertas para el señor K. Además, la Corte sentó una jurisprudencia trascendental. Como se recordará, el ministro Azuela quiso cortar por lo sano (es un decir) al sostener que el jefe de gobierno carecía de “legitimación” para solicitar la investigación de los actos fraudulentos, por no ser éste gobernador de una entidad federativa. La Corte aceptó que el jefe de gobierno sí está legalmente facultado en los términos constitucionales, equiparando sus atribuciones a los gobernadores de los estados de la federación. [6] De suyo, la decisión de la Corte revestía una enorme importancia. Pero ésta se agigantaba si tomamos en cuenta que a la sazón el gobierno capitalino estaba sometido a una verdadera andanada de demandas de similar carácter al del Paraje San Juan, varias de las cuales suponían la erogación de indemnizaciones millonarias. El oficial mayor del GDF informó que el monto de esas demandas era de tal volumen que no alcanzaría todo el presupuesto de ese año para cubrirlas. En esa eventualidad, el gobierno capitalino se convertiría en una mera ventanilla de pago de las mafias del tráfico de influencia y del fraude en gran escala. Evidentemente, el tipo de demandas que esos grupos habían convertido en una de las bellas artes era ya una industria muy lucrativa; y para enfrentar este fenómeno el gobierno requería la facultad que la Corte le había reconocido. Los casos pendientes entonces eran la mina La Mexicana y los predios El Encino (ambos casos litigados contra el gobierno por la misma persona), Los Novillos y Fama Montañesa. [7] Finalmente, el 23 de noviembre de 2003, la Corte dio entrada a un recurso de nulidad del juicio terminado, por fraudulento, que había interpuesto la Asamblea Legislativa del Distrito Federal. El caso no estaba concluido; pero con los recursos que las autoridades y los representantes del DF interpusieron en su momento, el asunto tomó un giro diferente. Con el tiempo, las pruebas acumuladas que apuntaban a que hubo un intento de fraude descarado eran ya abrumadoras. Y entonces ocurrió el milagro: una dependencia del gobierno, la Secretaría de la Reforma Agraria, descubrió en sus archivos que el predio en litigio era ¡propiedad de la nación! Así, el caso se derrumbó, y el acusador (el presunto propietario del predio) pasó a ser un acusado ante los tribunales. AMLO y el gobierno del DF tenían la razón. Fundado en las evidencias, el ministerio público capitalino abrió procesos por diversos delitos contra el demandante y sus cómplices. El pillo huyó (a Cuba) y lo pescaron. Devuelto al país por las autoridades cubanas, ahora espera sentencia. Ni uno solo de los bizarros defensores del derecho y la justicia que batieron tambores contra el GDF y AMLO, acusándolos de atentar contra la ley, balbucearon siquiera un tímida disculpa o alguna justificación pública sobre su comportamiento. Para ellos, como en la novela de Kafka, la verdad (o la ausencia de ella) en un caso judicial no parece ser algo de gran trascendencia. Después de todo, sólo se trataba de aplicar la ley, que no es una cuestión de verdades sino de opiniones. Por eso, como hemos visto, lo único que hicieron fue buscar otros pretextos para seguir combatiendo al objeto de sus pesadillas. ¿Hasta dónde están dispuestos a llegar? No lo sabemos. Lo único cierto es que sigue flotando la fórmula de Castañeda para detener a López Obrador. Héctor Díaz-Polanco Profesor-investigador del Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (ciesas). [1] El 8 de septiembre de 2004, el magistrado Azuela volvió al ataque, esta vez para hacer un llamado a salvaguardar "esa majestad del derecho que elimina para siempre el capricho de un gobernante que pretende estar por encima de la ley". Ahora, Azuela no sólo fue más directo en su referencia a López Obrador, sino que además adoptó la fórmula utilizada por Vicente Fox frente a los legisladores panistas unas semanas antes, cuando éste los exhortó a votar por el desafuero para evitar que cualquier autoridad quiera ponerse por encima de la ley. El jefe del Poder Ejecutivo y el presidente del máximo tribunal exhibiendo, a contrapelo del principio de separación de poderes, su consonancia respecto al proceso de desafuero. [2] Franz Kafka, El proceso, Alianza Editorial, Madrid, capítulo 9 [3] Slavoj Žižek, Mirando al sesgo, Editorial Paidós, Buenos Aires, 2000, p. 244. En el marco de ese universo en el que “el Otro de la ley aparece como incompleto”, el autor agrega: “Nunca podemos llegar a la última puerta de la ley”. Ibídem, p. 249 [4] Ibíd., pp. 246-247. Cursivas del original [5] Ibíd.., p. 248. Cursivas del original [6] Al día siguiente, López Obrador expresó satisfacción por el dictamen del pleno de la Corte, pues con ello “dejo de ser gobernante de la república del limbo y ya soy gobernador o jefe de gobierno del Distrito Federal". [7] Mientras redactaba este texto, el gobierno ganó el caso de La Mexicana en los tribunales. Involucraba unas 20 hectáreas por un valor aproximado de 200 millones de dólares. Los medios adversos al jefe de gobierno, desde luego, guardaron silencio. El reto hispano por Huntington / El racista enmascarado por Carlos FuentesSamuel Huntington La llegada constante de inmigrantes hispanos amenaza con dividir Estados Unidos en dos pueblos, dos culturas y dos lenguas. A diferencia de grupos anteriores de inmigrantes, los mexicanos y otros hispanos no se han integrado en la cultura estadounidense dominante, sino que han formado sus propios enclaves políticos y lingüísticos -desde Los Ángeles hasta Miami-y rechazan los valores angloprotestantes que construyeron el sueño americano. EE UU corre un riesgo si ignora este desafío. Estados Unidos fue creado, en los siglos xvii y xviii, por colonos fundamentalmente blancos, británicos y protestantes. Sus valores, instituciones y cultura proporcionaron los cimientos de la nación e inspiraron su desarrollo en los siglos posteriores. En un principio, definieron el país desde el punto de vista de la raza, el origen étnico, la cultura y la religión. En el siglo xviii tuvieron que añadir la perspectiva ideológica para justificar la independencia de la metrópoli, que también era blanca, británica y protestante. Thomas Jefferson expuso su “credo” –como lo llamó el economista y premio Nobel Gunnar Myrdal– en la Declaración de Independencia, y, desde entonces, los estadistas han reiterado sus principios, y la población los ha hecho suyos, como componente esencial de su identidad estadounidense. En los últimos años del siglo xix, sin embargo, el componente étnico se amplió con la inclusión de alemanes, irlandeses y escandinavos, y la identidad religiosa de EE UU pasó de protestante a una definición más general de cristiana. Con la Segunda Guerra Mundial y la incorporación de enormes cantidades de inmigrantes del este y el sur de Europa, llegados con sus hijos, la procedencia étnica prácticamente desapareció como componente definitorio de la identidad nacional. Lo mismo ocurrió con la raza, tras las victorias del movimiento de lucha por los derechos civiles y la ley sobre inmigración y nacionalidad de 1965. Ahora los estadounidenses consideran que tienen un país multiétnico y multirracial, y lo aprueban. Como consecuencia, la identidad de Estados Unidos, hoy, se define en función de la cultura y el credo. La mayoría de los estadounidenses consideran que el credo es el elemento crucial de su identidad nacional. Sin embargo, éste fue producto de una cultura específica, la angloprotestante, que tenían los colonos fundadores. Los elementos clave de dicha cultura son la lengua inglesa, el cristianismo, el compromiso religioso, el concepto inglés del imperio de la ley -que engloba la responsabilidad de los gobernantes y los derechos de los individuos- y los valores protestantes del individualismo, la ética del trabajo y la convicción de que los seres humanos tienen la capacidad y el deber de intentar crear un cielo en la tierra, una "ciudad sobre una colina". A lo largo de la historia, EE UU ha atraído a millones de inmigrantes debido a esa cultura, gracias a las oportunidades económicas y libertades políticas que ella ha hecho posibles. Las aportaciones de las culturas inmigrantes modificaron y enriquecieron la cultura angloprotestante. Pero su esencia siguió siendo la base de la identidad estadounidense, por lo menos, hasta las últimas décadas del siglo xx. ¿Sería EE UU el país que ha sido, y es aún en gran medida, si lo hubieran colonizado católicos franceses, españoles o portugueses, y no protestantes británicos? La respuesta es claramente "no". No sería EE UU; sería Quebec, México o Brasil. Ahora bien, en las últimas décadas del siglo xx, la cultura angloprotestante de EE UU y su credo comenzaron a sufrir agresiones por la popularidad, en círculos intelectuales y políticos, del multiculturalismo y la diversidad, el avance de la identidad de grupo basada en la raza, la procedencia étnica y el sexo, por encima de la nacional; la influencia de las diásporas culturales internacionales; el número cada vez mayor de inmigrantes con doble nacionalidad y doble lealtad, y la importancia creciente que atribuyen las autoridades intelectuales, empresariales y políticas del país a las identidades cosmopolitas y transnacionales. Además, la identidad nacional estadounidense, como la de otros Estados-nación, se enfrenta al reto de la globalización, con la necesidad que ésta crea en la gente de que haya identidades "de sangre y creencias" más reducidas y significativas. En esta nueva era, el desafío más grave e inmediato al que se enfrenta la identidad tradicional de EE UU es el que suponen la inmensa y constante inmigración de Latinoamérica, sobre todo de México, y los índices de natalidad de estos inmigrantes en comparación con los nativos, tanto blancos como negros. A los estadounidenses les gusta presumir de cómo, en el pasado, han asimilado a millones de inmigrantes en su sociedad, su cultura y su política. Sin embargo, cuando hablan de inmigrantes, suelen generalizar: no diferencian entre ellos y se centran en los costes y beneficios económicos de la inmigración, pero ignoran sus consecuencias sociales y culturales, pasando por alto las características y los problemas peculiares que plantea la inmigración actual de hispanos. La inmigración de hoy tiene una dimensión y una naturaleza muy distinta a las anteriores, y no parece probable que la asimilación lograda en el pasado se repita con los inmigrantes de Latinoamérica. Esto suscita un interrogante clave: ¿seguirá siendo EE UU un país con una sola lengua y una base cultural angloprotestante? Al ignorar esta pregunta, los estadounidenses están aceptando que se convertirán en dos pueblos, con dos culturas (anglo e hispana) y dos lenguas (inglés y español). El impacto de la inmigración mexicana en EE UU queda patente cuando se piensa en qué ocurriría si el flujo se detuviera de pronto. El número anual de inmigrantes legales descendería en unos 175.000, más cerca del nivel recomendado por la Comisión para la Reforma de la Inmigración que presidió, en los 90, la ex congresista Barbara Jordan. Las entradas ilegales disminuirían drásticamente. Los salarios de los ciudadanos de menos ingresos mejorarían. Los debates sobre el uso del español y sobre si es preciso declarar el inglés lengua oficial, tanto estatal como nacionalmente, se calmarían. La educación bilingüe y las controversias que suscita casi desaparecerían, igual que las polémicas sobre la Seguridad Social y otras prestaciones a inmigrantes. La respuesta a si éstos son una carga económica para los Gobiernos estatales y el federal sería negativa. El nivel de educación y preparación de los inmigrantes que siguieran llegando sería el más alto en la historia del país. El flujo de recién llegados volvería a ser muy variado, lo que motivaría más a todos los recién llegados a aprender inglés y absorber la cultura estadounidense. Pero, sobre todo, desaparecería la posibilidad de una escisión de facto entre un país de habla predominante hispana y otro de habla inglesa, y, con ello, una enorme amenaza potencial para la integridad cultural y política del país. UN MUNDO DE DIFERENCIAS La inmigración que llega ahora de México y, en general, de Latinoamérica, no tiene precedentes en la historia de EE UU. Las lecciones extraídas de inmigraciones pasadas no sirven para comprender su dinámica y consecuencias. La inmigración mexicana se distingue de otras anteriores y de casi todas las actuales por una serie de factores: contigüidad, escala, ilegalidad, concentración regional, persistencia y presencia histórica. Contigüidad. La idea que tiene EE UU de la inmigración suele estar simbolizada por la estatua de la Libertad, la isla de Ellis y, en tiempos más recientes, el aeropuerto JFK, de Nueva York. En otras palabras: los inmigrantes que llegan al país después de atravesar miles de kilómetros de océano. Tales imágenes influyen en la actitud hacia los inmigrantes y la política de inmigración oficial. Pero esas imágenes tienen poco o nada que ver con la inmigración mexicana. Ahora, EE UU está viviendo la llegada masiva de personas desde un país pobre y contiguo, cuya población es más de un tercio de la suya. Entran a través de una frontera de 3.500 kilómetros, históricamente delimitada por una línea en el suelo y un río poco profundo, nada más. Es una situación única, desde el punto de vista estadounidense y mundial. Ningún otro país del Primer Mundo comparte una frontera terrestre tan extensa con otro del Tercer Mundo. Y la trascendencia de esta larga frontera queda aún más patente por las diferencias económicas entre ambos. "La diferencia de ingresos entre EE UU y México", destaca el historiador de la Universidad de Stanford David Kennedy, "es la mayor que existe entre dos países contiguos en el mundo". La contigüidad permite a los inmigrantes mexicanos permanecer en íntimo contacto con sus familias, sus amigos y sus lugares de origen, en mucha mayor medida que los procedentes de otros países. Escala. Las causas de la inmigración mexicana, como de otras, están en la dinámica demográfica, económica y política del país de origen y los atractivos económicos, políticos y sociales de EE UU. Pero es evidente que la contigüidad fomenta la migración. Desde 1965, la inmigración mexicana ha aumentado sin cesar. En los 60 entraron legalmente en EE UU unos 640.000 mexicanos; en los 80, 1.656.000, y en los 90, 2.249.000. Es esas tres décadas, los mexicanos representaron, respectivamente, el 14%, el 23% y el 25% de la inmigración legal total. Estos porcentajes no pueden equipararse con los inmigrantes de Irlanda entre 1820 y 1860 o de Alemania en las décadas de 1850 y 1860. Pero son índices elevados en comparación con la enorme variedad de países de origen de los inmigrantes antes de la Primera Guerra Mundial y otros inmigrantes contemporáneos. A ellos hay que añadir, además, el gran número de mexicanos que entran ilegalmente cada año. Desde los 60, el número de extranjeros en EE UU ha aumentado enormemente; asiáticos y latinoamericanos han sustituido a europeos y canadienses, y la diversidad de países de origen ha dado paso al predominio de uno de ellos: México (ver cuadro en página 23). En 2000, los inmigrantes mexicanos representaban el 27,6% de la población de Estados Unidos nacida en el extranjero. Los dos contingentes sucesivos, chinos y filipinos, no eran más que el 4,9% y el 4,3% de dicho grupo. En los 90, los mexicanos representaron más de la mitad de los nuevos inmigrantes latinoamericanos, y en 2000, los hispanos fueron, aproximadamente, la mitad de todos los inmigrantes en el EE UU continental. Ese mismo año, los hispanos eran el 12% de la población total del país. Entre 2000 y 2003, el grupo creció casi en un 10%, y ahora ha superado a los negros. Se calcula que para 2050 los hispanos pueden constituir un 25% de la población. Estos cambios no se deben sólo a la inmigración, sino también a la natalidad. En 2002, los índices de natalidad en EE UU se calculaban en un 1,8% para los blancos no hispanos, un 2,1% para los negros y un 3% para los hispanos. "Es característico de los países en desarrollo", observaba The Economist en 2002. "A medida que la gran masa de hispanos llegue a la edad fértil, en una o dos décadas, la proporción hispana de la población estadounidense se disparará". A mediados del siglo xix, la inmigración que entraba en el país estaba dominada por anglohablantes procedentes de las islas Británicas. Las oleadas anteriores a la Primera Guerra Mundial fueron muy variadas desde el punto de vista lingüístico, con numerosos hablantes de italiano, polaco, ruso, yídish, inglés, alemán, sueco y otros idiomas. Pero ahora, por primera vez en la historia de Estados Unidos, la mitad de los que llegan hablan una misma lengua que no es el inglés. Ilegalidad. La entrada ilegal en EE UU es, sobre todo, un fenómeno posterior a 1965, y fundamentalmente mexicano. Durante casi un siglo, tras la aprobación de la Constitución, no hubo leyes nacionales que restringieran ni prohibieran la inmigración, y sólo algunos Estados impusieron unos límites modestos. Durante 90 años, la inmigración ilegal fue mínima y sencilla de controlar. La ley de inmigración de 1965, la mayor facilidad de transporte y la intensificación de las fuerzas que promovían la inmigración mexicana alteraron la situación por completo. Las detenciones realizadas por la guardia estadounidense de fronteras pasaron de 1,6 millones en los 60 a 8,3 millones en los 70, 11,9 millones en los 80 y 14,7 millones en los 90. Los cálculos sobre el número de mexicanos que entran ilegalmente cada año van de 105.000 (según una comisión mixta méxico-estadounidense) a 350.000 durante los 90 (según el Servicio de Inmigración y Nacionalización estadounidense). La ley para la reforma y el control de la inmigración (1986) contenía disposiciones para legalizar a los inmigrantes ilegales ya existentes y reducir la futura inmigración ilegal con sanciones a los empresarios y otros métodos. El primer objetivo se cumplió: alrededor de 3,1 millones de ilegales, de los que, aproximadamente, el 90% procedía de México, obtuvieron la carta verde, la residencia legal. Ahora bien, el segundo objetivo se resiste. Los cálculos sobre el total de inmigrantes ilegales en EE UU pasaron de cuatro millones en 1995 a seis millones en 1998, siete millones en 2000 y entre ocho y diez en 2003. En 1990, los mexicanos representaban el 58% de la población ilegal total; en 2000, se calcula que había 4,8 millones de mexicanos ilegales (el 69%). Ese mismo año, los mexicanos ilegales en EE UU eran 25 veces más numerosos que el siguiente grupo, los salvadoreños. Concentración regional Los padres fundadores de EE UU pensaron que la dispersión de los inmigrantes era esencial para su asimilación. Ésa ha sido, y sigue siendo, la costumbre para la mayoría de los inmigrantes no hispanos. Estos últimos, en cambio, tienden a concentrarse por regiones: mexicanos en el sur de California, cubanos en Miami, dominicanos y puertorriqueños (éstos, técnicamente, no son inmigrantes) en Nueva York. Cuanto más se concentran los inmigrantes, más lenta e incompleta es su asimilación. En los 90, las proporciones de hispanos siguieron aumentando en las regiones de mayor concentración. Y, al mismo tiempo, tanto los mexicanos como otros hispanos empezaron a establecerse en lugares distintos. Aunque el número absoluto sigue siendo pequeño, los Estados con mayor incremento proporcional de la población hispana entre 1990 y 2000 fueron, en orden decreciente: Carolina del Norte (un aumento del 449%), Arkansas, Georgia, Tennessee, Carolina del Sur, Nevada y Alabama (222%). Asimismo, los hispanos se han asentado en determinadas ciudades de todo el país. Por ejemplo, en 2003, más del 40% de la población de Hartford (Connecticut) era hispana (sobre todo, puertorriqueña), por encima del 38% de negros. "Hartford -proclamó el primer alcalde hispano de la ciudad- se ha convertido en una ciudad latina, prácticamente. Es una señal de lo que está por venir", con un uso creciente del español como lengua comercial y de gobierno. No obstante, las mayores concentraciones de hispanos se encuentran en el suroeste, sobre todo en California. En el año 2000, casi dos tercios de los mexicanos vivían en el Oeste, y casi la mitad en dicho Estado. Por supuesto, el área de Los Ángeles cuenta con inmigrantes de muchos países, incluidos Corea y Vietnam. Pero los países de origen de la población inmigrante en California son muy distintos a los del resto de EE UU, y un solo país, México, supera a todos los inmigrantes procedentes de Europa y Asia. En Los Ángeles, los hispanos -mayoritariamente mexicanos- son mucho más numerosos que los demás grupos. En 2000, el 64% de los hispanos de esa ciudad eran de origen mexicano, y el 45,6% de sus habitantes eran hispanos, y sólo un 29,7%, blancos no hispanos. Se calcula que en 2010 los hispanos constituirán en esa ciudad más de la mitad de la población. La mayoría de los grupos inmigrantes tienen tasas de natalidad superiores a la población nativa y, por eso, sus efectos se perciben con fuerza en las escuelas. En Nueva York, por ejemplo, la enorme variedad de su inmigración hace que los profesores tengan clases cuyos estudiantes hablan 20 idiomas distintos en sus casas. Por el contrario, en muchas ciudades del sur-oeste, los hispanos son una gran mayoría en las aulas. "Ningún sistema escolar en una gran ciudad de Estados Unidos ha experimentado jamás una afluencia tan grande de alumnos procedentes de un solo país extranjero", decían los politólogos Katrina Burgess y Abraham Lowenthal sobre Los Ángeles en su estudio de las relaciones entre México y California. "Las escuelas de Los Ángeles se están volviendo mexicanas". En 2002, más del 70% de los estudiantes de la ciudad eran hispanos, predominantemente mexicanos, y la proporción seguía aumentando. Los blancos no hispanos formaban el 10% del alumnado. En 2003, por primera vez desde la década de 1850, la mayoría de los recién nacidos en California fueron hispanos. Persistencia. En el pasado, las oleadas de inmigrantes acabaron por disminuir, las proporciones procedentes de cada país sufrieron enormes fluctuaciones y, a partir de 1924, la inmigración se redujo a un goteo. En cambio, la oleada actual no da señales de decaer, y da la impresión de que las condiciones que generan el gran componente mexicano van a continuar, de no producirse una gran guerra o una recesión. A largo plazo, la inmigración mexicana quizá pueda disminuir cuando el bienestar económico de México se acerque al de EE UU, Sin embargo, en 2002, el PIB per cápita de Estados Unidos era, aproximadamente, el cuádruple del de México (en términos de poder adquisitivo). Si esa diferencia se redujera a la mitad, los incentivos económicos para la inmigración también podrían reducirse de forma drástica. Ahora bien, para alcanzar ese nivel en un futuro próximo, México tendría que experimentar un crecimiento económico rapidísimo, mucho más rápido que el de Estados Unidos. Pero ni siquiera un acontecimiento económico de tal calibre tendría por qué disminuir el impulso de emigrar. Durante el siglo xix, cuando Europa estaba industrializándose a toda velocidad y las rentas per cápita estaban en aumento, 50 millones de europeos emigraron a las Américas, Asia y África. Presencia histórica Ningún otro grupo inmigrante en la historia de Estados Unidos ha reivindicado o podría reivindicar derechos históricos sobre su territorio. Los mexicanos y los estadounidenses de origen mexicano, sí. Casi todo Texas, Nuevo México, Arizona, California, Nevada y Utah formaban parte de México hasta que este país los perdió como consecuencia de la guerra de independencia de Texas, en 1835-1836, y la guerra entre México y Estados Unidos, en 1846-1848. México es el único país que Estados Unidos ha invadido para ocupar su capital -sus marines llegaron hasta los "salones de Moctezuma"- y anexionarse la mitad de su territorio. Los mexicanos no lo olvidan. Como es comprensible, sienten que tienen derechos especiales sobre esos lugares. "A diferencia de otros inmigrantes", dice el politólogo de Boston College Peter Skerry, "los mexicanos llegan procedentes de una nación vecina que sufrió una derrota militar a manos de Estados Unidos y se establecen, sobre todo, en una región que, en otro tiempo, fue parte de su país (...) Los habitantes de origen mexicano tienen una sensación de estar en casa que no comparten otros inmigrantes". En alguna ocasión, los especialistas han sugerido que el suroeste podría convertirse en el Quebec de EE UU. Ambas regiones están habitadas por católicos y fueron conquistadas por angloprotestantes, pero, por lo demás, tienen poco en común. Quebec está a 4.500 kilómetros de Francia, y no hay cientos de miles de franceses que intenten entrar cada año en la región, ni legal ni ilegalmente. La historia demuestra que, cuando la gente de un país empieza a referirse al territorio de un país vecino en términos posesivos y a reivindicar derechos especiales sobre él, hay serias posibilidades de conflicto. El 'Spanglish', segunda lengua En el pasado, los inmigrantes salían del otro lado del océano y solían superar terribles obstáculos y penalidades para poder llegar a Estados Unidos. Venían de muchos países diferentes, hablaban distintas lenguas y llegaban de forma legal. Su flujo varió con el tiempo: hubo importantes reducciones como consecuencia de la Guerra de Secesión, la Primera Guerra Mundial y la legislación restrictiva de 1924. Solían repartirse por numerosos enclaves en zonas rurales y grandes ciudades del noreste y el medio oeste del país. Y no reivindicaban ningún derecho histórico a partes del territorio estadounidense. La inmigración mexicana es totalmente distinta en todos estos aspectos. Y esas diferencias hacen que la integración de los mexicanos en la cultura y la sociedad estadounidenses sea mucho más difícil que en el caso de otros inmigrantes anteriores. Una diferencia que llama especialmente la atención es lo lejos que están todavía los inmigrantes mexicanos de tercera y cuarta generación de la media de Estados Unidos en educación, situación económica y número de matrimonios mixtos La dimensión, la persistencia y la concentración de la inmigración hispana ayuda a perpetuar el uso del español generación tras generación. Los datos sobre el aprendizaje del inglés y el mantenimiento del español entre los inmigrantes son limitados y ambiguos. No obstante, en 2000, más de 28 millones de personas en Estados Unidos hablaban español en el hogar (el 10,5% de la población mayor de cinco años) y, de ellos, casi 13,8 millones hablaban inglés "no muy bien", un aumento del 66% respecto a 1990. Según un informe de la Oficina del Censo, en 1990, aproximadamente, el 95% de los inmigrantes mexicanos hablaba español en casa; el 73,6% no hablaba inglés muy bien, y el 43% de los inmigrantes nacidos en México estaba "aislado lingüísticamente". Un estudio anterior en Los Ángeles había dado resultados diferentes en la segunda generación, nacida ya en Estados Unidos. Sólo el 11,6% hablaba sólo español o más español que inglés, el 25,6% hablaba las dos lenguas por igual, el 32,7% más inglés que español y el 30,1% sólo inglés. En ese mismo estudio, más del 90% de los mexicanos nacidos en EE UU hablaban inglés con fluidez. Sin embargo, en 1999, había alrededor de 753.505 alumnos en las escuelas del sur de California, presumiblemente inmigrantes de segunda generación, que hablaban español en casa y tenían dificultades con el inglés. Es decir, el uso fluido del inglés entre los mexicanos de primera y segunda generación parece seguir las mismas pautas que entre otros inmigrantes del pasado. Pero sigue habiendo dos interrogantes. Primero, ¿han variado, a lo largo del tiempo, la adquisición del inglés y el mantenimiento del español entre los inmigrantes mexicanos de segunda generación? Podría suponerse que, con la rápida expansión de la comunidad inmigrante procedente de México, la gente de origen mexicano debería tener menos incentivos para hablar bien inglés en 2000 que en 1970. Segundo, ¿seguirá la tercera generación el modelo clásico de hablar bien inglés y saber poco o mal español, o mantendrá el mismo dominio de los dos idiomas que la segunda generación? Los inmigrantes de segunda generación, a menudo, desprecian y rechazan su lengua materna, y se sienten avergonzados ante la incapacidad de sus padres de comunicarse en inglés. Es de suponer que el hecho de que los mexicanos de segunda generación tengan o no esta actitud influirá en que la tercera generación pueda conservar o no su español. Si la segunda generación no rechaza el español de plano, lo más normal es que sus hijos también sean bilingües, y es probable que el dominio de las dos lenguas se institucionalice en la comunidad estadounidense de origen mexicano. La conservación del español también se ve reforzada por la abrumadora mayoría (entre el 66% y el 85%) de inmigrantes mexicanos, e hispanos en general, que hacen hincapié en la necesidad de que sus hijos hablen bien español. Su actitud contrasta con las de otros grupos inmigrantes. El Centro de Pruebas Educativas, con sede en Nueva Jersey, afirma que existe "una diferencia cultural entre los padres asiáticos y los hispanos a la hora de hacer que sus hijos mantengan la lengua materna". En parte, desde luego, dicha diferencia se debe al tamaño de las comunidades hispanas, que ofrecen incentivos para hablar la lengua materna con fluidez. Aunque los inmigrantes mexicanos e hispanos de segunda y tercera generación dominan el inglés, se apartan del modelo normal porque mantienen también su dominio del español. Los mexicanos de segunda o tercera generación que se educan sólo en inglés aprenden español ya de adultos, y animan a sus hijos a que lo hablen correctamente. El dominio del español, dice el catedrático de la Universidad de Nuevo México F. Chris García, es "lo que le enorgullece a cualquier hispano, lo que quiere proteger y fomentar". Se puede alegar que, en un mundo cada vez más reducido, todos los estadounidenses deberían hablar, al menos, una lengua extranjera importante -chino, japonés, hindi, ruso, árabe, urdu, francés, alemán o español- para poder comprender otra cultura y comunicarse con su gente. Pero otra cosa distinta es afirmar que tienen que aprender una lengua distinta del inglés para poder comunicarse con otros compatriotas. Y, sin embargo, eso es lo que pretenden los defensores del español. Fortalecidos por el aumento de su población y su influencia, los dirigentes hispanos pretenden transformar Estados Unidos en una sociedad bilingüe. "El inglés no basta"-dice Osvaldo Soto, presidente de la Liga Hispano-americana contra la discriminación-; no queremos una sociedad monolingüe". Del mismo modo, el catedrático de Literatura de Duke University (e inmigrante chileno) Ariel Dorfman pregunta: "¿Este país va a hablar dos idiomas o sólo uno?". Y su respuesta, desde luego, es que tiene que hablar dos. Las organizaciones de hispanos trabajan activamente para convencer al Congreso de Estados Unidos de que autorice programas de protección cultural dentro de la educación bilingüe; como consecuencia, los niños tardan en incorporarse a las clases normales. El gran número de inmigrantes que llegan sin cesar hace que a los hispanohablantes de Nueva York, Miami o Los Ángeles les sea cada vez más fácil vivir a diario sin necesidad de hablar inglés. El 65% de los niños que reciben educación bilingüe en Nueva York son hispanohablantes y, por tanto, tienen poco o ningún motivo para usar el inglés en la escuela. Los programas en dos idiomas, que van un poco más allá de la educación bilingüe, son cada vez más populares. En dichos programas, los alumnos reciben clases tanto en inglés como en español, en alternancia, con el fin de hacer que los angloparlantes dominen el español y los hispanohablantes dominen el inglés. Es decir, se equipara al español con el inglés y se convierte a Estados Unidos en un país con dos lenguas. En su discurso de marzo de 2000, el entonces secretario de Educación estadounidense, Richard Riley, dio su apoyo explícito a estos programas: "Excelencia para todos-Excellence for all". Las organizaciones de derechos civiles, las autoridades religiosas (especialmente católicas) y numerosos políticos (tanto republicanos como demócratas) respaldan este movimiento hacia el bilingüismo. También lo apoyan -y es quizá tan importante como lo anterior- los grupos comerciales que pretenden quedarse con el mercado hispano. Es más, la orientación de las empresas estadounidenses hacia los clientes hispanos hace que necesiten cada vez más empleados bilingües, por lo que el bilingüismo influye en los salarios. En ciudades del suroeste como Phoenix y Las Vegas, los policías y bomberos bilingües cobran más que los que sólo hablan inglés. En Miami, según las conclusiones de un estudio realizado, las familias que sólo hablan español tienen unos ingresos medios de 18.000 dólares; las que sólo hablan inglés tienen ingresos medios de 32.000 dólares, y las familias bilingües ganan más de 50.000 dólares. Por primera vez en la historia de Estados Unidos, cada vez hay más ciudadanos (sobre todo negros) que no pueden conseguir el trabajo o sueldo que sería de esperar porque sólo pueden comunicarse en inglés. Los problemas sociales y culturales específicos que plantea la inmigración mexicana en EE UU no han llamado mucho la atención ni han sido objeto de grandes discusiones, pero muchos especialistas llevan años advirtiendo sobre ellos. En 1983, el destacado sociólogo Morris Janowitz señalaba la "fuerte resistencia de los residentes de habla hispana a la aculturación", y afirmaba que "lo que distingue a los mexicanos de otros grupos inmigrantes es la constante resistencia de sus lazos comunitarios. Como consecuencia, "los mexicanos, junto con otras poblaciones de habla hispana, están creando una bifurcación en la estructura sociopolítica de EE UU que coincide, aproximadamente, con las divisiones por nacionalidades". Otros especialistas han destacado que la dimensión, persistencia y concentración regional de la inmigración mexicana son obstáculos para la asimilación. En 1997, los sociólogos Richard Alba y Víctor Nee señalaron que la interrupción de las grandes oleadas de inmigración durante cuatro décadas, desde 1924, "garantizó casi por completo el debilitamiento de las culturas y las comunidades étnicas a lo largo del tiempo". Ahora, si prosiguen los niveles actuales de inmigración latinoamericana" se creará un contexto étnico fundamentalmente distinto del que encontraron los descendientes de los inmigrantes europeos pues las nuevas comunidades tienen más probabilidades de seguir siendo numerosas, llenas de vida cultural y ricas en instituciones". En la situación actual, coincide el sociólogo Douglas Massey, "el carácter étnico estará, en proporción, más determinado por los inmigrantes y menos por las generaciones posteriores, con lo que el equilibrio de la identidad étnica reposará más en la lengua, la cultura y las formas de vida de la sociedad de origen"."Un flujo constante de recién llegados", sostienen los demógrafos Barry Edmonston y Jeffrey Passel, "especialmente en barrios mayoritariamente de inmigrantes, mantiene la lengua viva para ellos y sus hijos". Por último, el especialista del Instituto Americano de Empresa Mark Falcoff observa que, como "la población de habla hispana se repone sin cesar con recién llegados, más rápido de lo que se asimila", el uso generalizado del español en EE UU "es una realidad que no puede cambiarse, ni siquiera a largo plazo". S. H. En los debates de política lingüística, el difunto senador republicano de California S. I. Hayakawa destacó, en una ocasión, que los hispanos eran los únicos que se oponían al inglés. "¿Por qué los filipinos o los coreanos no se oponen a que el inglés sea la lengua oficial? Ni los japoneses. Ni los vietnamitas, desde luego, que están encantados de estar aquí. Se apresuran a aprender inglés y se dedican a ganar concursos de deletreo en todo el país. Los hispanos son los únicos que afirman que existe un problema. Ha habido un movimiento importante para conseguir que el español sea la segunda lengua oficial". Si la expansión del español como segunda lengua de EE UU sigue adelante, con el tiempo podría tener serias consecuencias para la política y el gobierno. En muchos Estados, quizá, los aspirantes a cargos públicos tendrían que hablar ambos idiomas. Los candidatos bilingües a la presidencia y otros cargos federales electos tendrían ventaja sobre los que sólo hablasen inglés. Si la educación en dos idiomas se extiende en las escuelas primarias y secundarias, cada vez se exigirá más a los profesores que sean bilingües. Los documentos y formularios oficiales quizá tengan que publicarse siempre en los dos idiomas. Tal vez se aceptaría el uso de ambas lenguas en los comités y plenos del Congreso, y, en general, en las actividades de la Administración. Como la mayoría de las personas cuya lengua materna es el español, seguramente, sabrán algo de inglés, los angloparlantes que no sepan español estarán en desventaja a la hora de conseguir trabajo, ascensos y contratos. En 1917, el ex presidente estadounidense Theodore Roosevelt dijo: "Debemos tener una sola bandera. Y debemos tener una sola lengua. Que debe ser la lengua de la Declaración de Independencia, el discurso de despedida de Washington, la proclamación de Lincoln en Gettysburg y su segunda toma de posesión". En cambio, en junio de 2000, el presidente Bill Clinton aseguró: "Confío en ser el último presidente de Estados Unidos que no sepa hablar español". Y en mayo de 2001, el presidente Bush celebró la fiesta nacional del 5 de mayo pronunciando su alocución semanal en la radio, por primera vez, en inglés y español. En septiembre de 2003, uno de los primeros debates entre los candidatos presidenciales del Partido Demócrata también se celebró en inglés y español. A pesar de la oposición de muchos estadounidenses, el español se está aproximando a la lengua de Washington, Jefferson, Lincoln, los Roosevelt y los Kennedy como idioma de Estados Unidos. Si la tendencia continúa, la división cultural entre hispanos y anglos puede llegar a sustituir a la división racial entre negros y blancos y convertise en la escisión más grave de la sociedad estadounidense. ¿La amenaza del nacionalismo blanco? En el filme de 1993 Un día de furia, Michael Douglas encarna a un antiguo empleado de una empresa del sector de la defensa que reacciona ante las humillaciones que, en su opinión, le impone una sociedad multicultural. "Desde la primera escena, escribió David Gates en Newsweek, la película enfrenta a Douglas -la imagen de una recitud obsoleta: camisa blanca, corbata, gafas y corte de pelo a cepillo- contra una coalición multicolor de habitantes de Los Ángeles". "Es una visión estereotipada del hombre blanco acosado en un EE UU multicultural". Una reacción posible ante los cambios demográficos que están produciéndose en EE UU podría ser un movimiento contra los hispanos, los negros y los inmigrantes, compuesto, sobre todo, por varones blancos de clase media y baja, en protesta por la pérdida de empleos que van a parar a los inmigrantes y a otros países, la perversión de su cultura y el desplazamiento de su lengua. Podríamos denominarlo "nacionalismo blanco". "Estos defensores de la raza blanca, de nuevo cuño, no tienen nada que ver con los políticos populistas y los encapuchados del Klan en el viejo sur", escribe Carol Swain en The New White Nationalism in America, de 2002. Los nuevos nacionalistas blancos no defienden la supremacía de la raza blanca, sino que creen en la supervivencia racial y afirman que la cultura es producto de la raza. Sostienen que estos cambios anuncian la sustitución de la cultura blanca por otra negra o mestiza, intelectual y moralmente inferior. Dichas inquietudes se basan en los cambios en el equilibrio racial. Los blancos no hispanos han pasado de ser el 76,5% de la población en 1990 al 69,1% en 2000. En California -como en Hawai, Nuevo México y el distrito de Columbia-, hoy, los blancos no hispanos son minoría. Los demógrafos predicen que en 2040 los blancos no hispanos quizá sean minoría en todo EE UU. Además, desde hace varias décadas, los grupos de intereses y las autoridades han promovido preferencias raciales y acciones de discriminación positiva que favorecen a los negros y a los inmigrantes no blancos. Mientras, las políticas de globalización se han llevado puestos de trabajo fuera del país, han incrementado la desigualdad de rentas y han facilitado el descenso del salario real para los estadounidenses de clase trabajadora. Cuando un grupo social, étnico, racial o económico sufre o cree sufrir pérdidas de poder y categoría, casi siempre, se esfuerza para dar la vuelta a la situación. En 1961, la población de Bosnia-Herzegovina era un 43% serbia y un 26% musulmana. En 1991, era un 31% serbia y un 44% musulmana. Los serbios respondieron con la limpieza étnica. En 1990, la población de California estaba formada por un 57% de blancos no hispanos y un 26% de hispanos. Se prevé que para 2040 sea un 31% de blancos no hispanos y un 48% de hispanos. La posibilidad de que los blancos californianos reaccionen como los serbobosnios es nula. Pero la posibilidad de que no reaccionen también es nula ya que han reaccionado, al aprobar iniciativas contra las prestaciones para los inmigrantes ilegales, la discriminación positiva y la educación bilingüe, además de los blancos que abandonan el Estado La industrialización de finales del siglo xix provocó pérdidas para los agricultores estadounidenses y empujó a crear grupos agrarios de protesta, como el Movimiento Populista, la Grange (la organización agrícola nacional más antigua del país), la Liga Nopartisana y la Federación Estadounidense del Campo. Hoy, los nacionalistas blancos podrían preguntarse: si los negros y los hispanos se organizan y hacen presión para obtener privilegios especiales, ¿por qué no los blancos? Si la Asociación Nacional para el Progreso de las Personas de Color y el Consejo Nacional de la Raza son organizaciones legítimas, ¿por qué no va a serlo una organización nacional en defensa de los intereses blancos? El nacionalismo blanco es "la próxima etapa lógica de la política de la identidad en EE UU", afirma Swain, y eso coloca al país "en grave peligro de sufrir un conflicto racial a gran escala, sin precedentes en la historia de nuestra nación". La sangre antes que las fronteras Hay grandes zonas del país cuya lengua y cuya cultura se están volviendo mayoritariamente hispanas, y el país, en general, está pasando a ser bilingüe y bicultural. La principal zona en la que está avanzando rápidamente la hispanización, por supuesto, es el suroeste. Como afirma el historiador Kennedy, los estadounidenses de origen mexicano en el suroeste tendrán pronto "la suficiente coherencia y masa crítica, en una región delimitada, para poder conservar su cultura particular, si lo desean, indefinidamente. También podrían intentar lo que no habría soñado ningún grupo anterior de inmigrantes: desafiar a los actuales sistemas cultural, político, legal, comercial y educativo, para cambiar (...) no sólo la lengua, sino las instituciones en las que trabajan". Abundan las anécdotas que indican esa tendencia. En 1994, los estadounidenses de origen mexicano se manifestaron enérgicamente contra la Proposición 187 de California -que limitaba las prestaciones de Seguridad Social a los hijos de inmigrantes ilegales- recorriendo las calles de Los Ángeles mientras ondeaban decenas de banderas mexicanas y volvían boca abajo las de EE UU. En 1998, en un partido de fútbol entre México y EE UU en esa misma ciudad, los mexicanos abuchearon el himno nacional estadounidense y atacaron a los jugadores de la selección. Y esas acciones de rechazo tan espectaculares no son exclusivamente obra de una minoría extremista dentro de la comunidad de inmigrantes mexicanos. Muchos no parecen identificarse, ni ellos ni sus hijos, con Estados Unidos. Hay pruebas empíricas que confirman esa impresión. En 1992, un estudio realizado entre hijos de inmigrantes en el sur de California y el sur de Florida planteaba la siguiente pregunta: "¿Con qué te identificas; es decir, qué te consideras?" Ningún hijo nacido en México contestó "estadounidense", frente al porcentaje de entre un 1,9% y un 9,3% de los procedentes de otros lugares de Latinoamérica y el Caribe. Entre los hijos nacidos en México, el mayor porcentaje (41,2%) era el de los que se identificaban como "hispanos" y el segundo grupo (36,2%) el de los que escogían "mexicanos". Entre los hijos de mexicanos nacidos en EE UU, menos del 4% respondió "estadounidense", frente al 28,5%-50% de los nacidos de padres procedentes de otros lugares de Latinoamérica. En la inmensa mayoría de los casos, los niños mexicanos no escogieron "estadounidense" como identificación fundamental (ni los nacidos en México ni los nacidos en Estados Unidos). Desde el punto de vista demográfico, social y cultural, la reconquista del suroeste del país por los inmigrantes mexicanos está en marcha. No parece probable que se tomen medidas serias para unificar esos territorios con México, pero Charles Truxillo, de la Universidad de Nuevo México, predice que en 2080 los Estados del suroeste de EE UU y los Estados del norte de México habrán constituido la República del Norte. Algunos autores denominan a esa zona "Mexamérica", "Amexica" o "Mexifornia". "En este valle, somos todos mexicanos", declaró un antiguo comisionado del condado de El Paso (Texas) en 2001. Esta tendencia podría consolidar las áreas de Estados Unidos con predominio mexicano en un bloque autónomo, cultural y lingüísticamente diferenciado y económicamente autosuficiente. "Tal vez estemos construyendo algo que obstruya el crisol", advierte el ex vicepresidente del Consejo Nacional de Información Graham Fuller, "una región y una agrupación étnica tan concentrada que no desee ni necesite asimilarse a la vida cotidiana (...), multiétnica y de habla inglesa". Existe ya un prototipo de esa región: Miami. Bunvendio a Miami Miami es la más hispana de las grandes ciudades en los 50 Estados de la Unión. Durante 30 años, los hispanohablantes (fundamentalmente cubanos) han ido estableciendo su dominio prácticamente en todos los aspectos de la vida de la ciudad y han transformado por completo su composición étnica, su cultura, su política y su lengua. La hispanización de Miami no tiene precedentes en la historia de las ciudades estadounidenses. El crecimiento económico de Miami, impulsado por los primeros inmigrantes cubanos, convirtió a la ciudad en un polo de atracción para inmigrantes procedentes de otros países de Latinoamérica y el Caribe. En 2000, dos tercios de los habitantes de Miami eran hispanos, y más de la mitad, cubanos o de ascendencia cubana. Ese año, el 75,2% de los habitantes adultos hablaban una lengua distinta del inglés en su casa, frente al 55,7% de Los Ángeles y el 47,6% de Nueva York. En Miami, de los que no hablaban inglés en casa, el 87,2% hablaba español. En 2000, el 59,5% de los residentes en Miami había nacido en el extranjero, frente al 40,9% de Los Ángeles, el 36,8% de San Francisco y el 35,9% de Nueva York. Ese mismo año, sólo el 31,1% de los residentes adultos decían hablar muy bien inglés, frente al 39% en Los Ángeles, el 42,5% en San Francisco y el 46,5% en Nueva York. La revolución cubana tuvo enormes repercusiones en Miami. La clase dirigente y empresarial que huía del régimen de Castro en los 60 inició el espectacular desarrollo económico del sur de Florida. Como no podían enviar dinero a los suyos, invertían en Miami. El crecimiento de las rentas en esta ciudad fue, en promedio, de un 11,5% anual en los 70 y un 7,7% en los 80. En el condado de Miami-Dade, las nóminas se triplicaron entre 1970 y 1995. El impulso económico cubano convirtió a Miami en un motor económico internacional y provocó la expansión del comercio y las inversiones internacionales. Los cubanos promovieron el turismo internacional, que, en los 90, llegó a sobrepasar al turismo interior e hizo de Miami un centro fundamental en la industria de los cruceros. Grandes empresas estadounidenses de los sectores de la fabricación, las comunicaciones y los productos de consumo cerraron sus sedes para Latinoamérica en otras ciudades estadounidenses y latinoamericanas y las trasladaron a Miami. Surgió una pujante comunidad de habla hispana en las artes y el espectáculo. Hoy, los cubanos pueden afirmar con legitimidad lo que dice el profesor Damián Fernández, de la Universidad Internacional de Florida -"Nosotros construimos la Miami moderna"-, e hicieron que su economía haya sobrepasado a la de muchos países latinoamericanos. Un factor clave en esta evolución fue la expansión de los vínculos de Miami con Latinoamérica. A la ciudad llegaron brasileños, argentinos, chilenos, colombianos y venezolanos, y con ellos, su dinero. En 1993 se movieron en la ciudad unos 25.600 millones de dólares en comercio internacional, sobre todo relacionado con Latinoamérica. En todo el hemisferio, los latinoamericanos interesados por las inversiones, el comercio, la cultura, el espectáculo, las vacaciones y el narcotráfico empezaron a acudir, cada vez más, a Miami. Esa posición tan destacada convirtió Miami en una ciudad hispana y dirigida por cubanos. Éstos, en contra de la tradición, no crearon ningún enclave inmigrante en un barrio concreto. Crearon una ciudad entera, con su propia cultura y su propia economía, donde la asimilación a la cultura estadounidense era innecesaria y, hasta cierto punto, indeseada. En 2000, el español no sólo era la lengua hablada en la mayoría de los hogares, sino que además era la lengua fundamental en el comercio, los negocios y la política. Los medios de comunicación cada vez eran más hispanos. En 1998, una televisión en lengua española alcanzó el primer puesto entre las más vistas por los habitantes de la ciudad, la primera vez que una cadena en lengua extranjera llegaba a ese puesto en una gran ciudad estadounidense. "Están al margen", decía un hispano triunfador a propósito de los no hispanos. "Aquí somos miembros de nuestra propia estructura de poder", presumía otro. "En Miami no hay presiones para hacerse estadounidense", observa un sociólogo nacido en Cuba. "La gente puede vivir a la perfección en un enclave que habla español". En 1999, los principales directivos del mayor banco de Miami, la mayor empresa inmobiliaria y el mayor bufete de abogados eran cubanos o de ascendencia cubana. Y también establecieron su dominio en la política. En 1999, el alcalde de Miami, el jefe de policía y el fiscal del condado de Miami-Dade, además de dos tercios de la delegación de Miami en el Congreso de EE UU y casi la mitad de su cámara estatal, eran de origen cubano. Tras el caso de Elián González, en el año 2000, el administrador y el jefe de policía de Miami, que no eran hispanos, fueron sustituidos por cubanos. El predominio cubano e hispano en Miami convirtió a los anglos (y a los negros) en minorías marginadas y a las que, con frecuencia, se podía ignorar. Sin poder comunicarse con los funcionarios de la Administración y ante la discriminación que ejercían los dependientes en las tiendas, los anglos empezaron a darse cuenta de lo que uno de ellos expresa así: "Dios mío, esto es ser una minoría". A los anglos les quedaban tres opciones. Podían aceptar su posición subordinada y su marginación o intentar adoptar los modos, las costumbres y la lengua de los hispanos e integrarse en su comunidad; la "aculturación a la inversa", lo llamaron los estudiosos Alejandro Portes y Alex Stepick. O podían irse de Miami; y, entre 1983 y 1993, lo hicieron 140.000 personas, un éxodo que fue reflejado en una pegatina de coche: "El último estadounidense que salga de Miami, por favor, que traiga la bandera". Desprecio por la cultura ¿Representa Miami el futuro de Los Ángeles y el sur-oeste de EE UU? Al final, puede que los resultados sean parecidos: la creación de una gran comunidad diferenciada, hispanohablante, con los suficientes recursos económicos y políticos para mantener su identidad hispana apartada de la identidad nacional de otros estadounidenses y, al mismo tiempo, capaz de influir en la política, el Gobierno y la sociedad del país. Ahora bien, es posible que los procesos que desemboquen en esos resultados sean diferentes. La hispanización de Miami fue rápida y explícita, y estuvo impulsada por motivos económicos. La hispanización del suroeste es más lenta e implacable, y está impulsada por motivos políticos. La afluencia de cubanos a Florida era intermitente y dependía de la política del Gobierno cubano. La inmigración mexicana, por el contrario, es continua, incluye un gran componente ilegal y no parece disminuir. La población hispana (es decir, sobre todo mexicana) del sur de California es mucho más numerosa que la de Miami en cifras absolutas, pero todavía no ha alcanzado su proporción, si bien aumenta a toda velocidad. Los primeros inmigrantes cubanos en el sur de Florida eran, en su mayor parte, de clase media y alta. Luego llegaron otras oleadas de clase baja. En el suroeste, la inmensa mayoría de los inmigrantes mexicanos son pobres, sin cualificar y con escasa educación, y sus hijos se enfrentan a condiciones similares. Por consiguiente, las presiones para hispanizar el suroeste vienen de abajo, mientras que las del sur de Florida vienen de arriba. Aún así, a largo plazo, lo que importa son los números, sobre todo en una sociedad multicultural, una democracia política y una economía de mercado. Otra gran diferencia radica en las relaciones de los cubanos y los mexicanos con sus países de origen. La comunidad cubana ha estado siempre unida por su hostilidad hacia el régimen de Castro; la comunidad mexicana ha tenido una actitud más ambivalente respecto al Gobierno de su país. No obstante, desde los 80, el objetivo del Gobierno mexicano es desarrollar la dimensión, la riqueza y el poder político de la comunidad mexicana en el suroeste de EE UU, e incorporar dicha población a la de México. "La nación mexicana se extiende más allá del territorio que delimitan sus fronteras", dijo en los 90 el entonces presidente mexicano Ernesto Zedillo. Su sucesor, Vicente Fox, llamó "héroes" a los emigrantes mexicanos, y se define a sí mismo como el presidente de 123 millones de mexicanos: 100 millones en México y 23 en EE UU. A medida que aumentan en número, los estadounidenses de origen mexicano se sienten cada vez más cómodos dentro de sus valores y, a menudo, desprecian los de Estados Unidos. Exigen que se reconozcan su cultura y la identidad mexicana histórica del suroeste del país. Destacan y celebran su pasado hispano y mexicano, como ocurrió en 1998, en las ceremonias y festividades -a las que asistió el vicepresidente español Rodrigo Rato- organizadas en Madrid (Nuevo México) para conmemorar la creación, 400 años antes, de la primera colonia europea en el suroeste, casi diez años antes de Jamestown. Como informaba The New York Times en septiembre de 1999, la expansión hispana ha contribuido "a latinizar a muchos hispanos, a los que cada vez les cuesta menos reivindicar su pasado (...)". Hay un dato que anuncia el futuro: En 1998, "José" sustituyó a "Michael" como nombre más popular para los recién nacidos en California y Texas. Diferencias irreconciliables Los estadounidenses de origen mexicano se identifican cada vez más con su cultura y su identidad. La constante expansión numérica fomenta la consolidación cultural y hace que los inmigrantes mexicanos ensalcen -en vez de reducirlas al mínimo- las diferencias entre su cultura y la estadounidense. Como dijo en 1995 el presidente del Consejo Nacional de La Raza: "Nuestro mayor problema es un choque cultural, un choque entre nuestros valores y los de la sociedad estadounidense". Después explicó la superioridad de los valores hispanos sobre los anglos. Igual que Lionel Sosa, un próspero empresario estadounidense de origen mexicano, que en 1998, en Texas, elogió a la nueva clase de profesionales hispanos que tienen aspecto de anglos pero cuyos "valores siguen siendo muy distintos de los de un anglo". Desde luego, como ha señalado el politólogo Jorge I. Domínguez, los estadounidenses de origen mexicano tienen una actitud más favorable hacia la democracia que los demás mexicanos. No obstante, existen "feroces diferencias" entre los valores culturales de EE UU y México, como observaba en 1995 Jorge Castañeda (posteriormente ministro mexicano de Exteriores). Castañeda citaba las diferencias en el ámbito social y económico, el carácter imprevisible, la concepción del tiempo simbolizada en el síndrome de mañana, la capacidad de obtener resultados rápidamente y la actitud respecto a la historia, expresada en "el tópico de que los mexicanos están obsesionados con la historia y los estadounidenses con el futuro". Sosa enumera varias características hispanas (muy distintas a las angloprotestantes) que "impiden el avance de los latinos": la desconfianza en la gente ajena a la familia; la falta de iniciativa, seguridad y ambición; la poca importancia que se da a la educación, y la aceptación de la pobreza como una virtud necesaria para entrar en el cielo. El autor Robert Kaplan cita a Alex Villa, un mexicano de tercera generación que vive en Tucson (Arizona) y dice que no conoce a casi nadie, en la comunidad mexicana del sur de Tucson, que crea que "la educación y el trabajo" son la vía hacia la prosperidad material y que, por tanto, esté dispuesto a "participar en EE UU". Si continúa esta inmigración sin que mejore el proceso de asimilación, EE UU podría acabar siendo un país dividido en dos lenguas y dos culturas. Es el modelo que siguen algunas democracias estables y prósperas, como Canadá y Bélgica. Pero las diferencias culturales en esos países no son equiparables a las que hay entre EE UU y México, e incluso en esos lugares persisten las diferencias lingüísticas. No hay muchos canadienses angloparlantes que tengan el mismo dominio del inglés y el francés, y el Gobierno canadiense ha impuesto multas para conseguir que sus altos funcionarios hablaran los dos idiomas. Lo mismo ocurre en Bélgica. La transformación de Estados Unidos en un país como éstos no tendría por qué ser el fin del mundo, pero sí sería el fin del país que conocemos desde hace tres siglos. Los estadounidenses no deben dejar que ocurra, a no ser que estén convencidos de que esa nueva nación sería mejor. Una transformación así no sólo revolucionaría el país, sino que tendría serias consecuencias para los hispanos, que estarían en Estados Unidos pero no serían de EE UU. Sosa termina su libro, El sueño americano (Plume, 1998), con unas palabras de aliento para empresarios hispanos ambiciosos. "¿El sueño americano?", pregunta. "Existe, es realista y está al alcance de todos". Sosa se equivoca. No existe el sueño americano. Sólo existe el American dream creado por una sociedad angloprotestante. Si los estadounidenses de origen mexicano quieren participar en ese sueño y esa sociedad, tendrán que soñar en inglés. ¿Algo más? El artículo de Samuel Huntington en Foreign Affairs (1993) que dio origen a su obra El choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial (Paidós, Barcelona, 1997), ha sido desde entonces, y sobre todo desde el 11-S, fuente de debate y controversia sobre un supuesto enfrentamiento entre la civilización occidental y el islam. Pero Huntington también hablaba de una civilización latinoamericana. Mexifornia: A State of Becoming (Encounter Books, San Francisco, 2003), de Victor Davis Hanson, de la California State University, predice también un dominio hispano a la Quebec que puede llevar a separatismos. Para consultar datos originales sobre la población hispana de Estados Unidos es imprescindible acceder a los últimos informes sobre la comunidad hispana de EE UU en la web de su Oficina del Censo (www.census.gov/pubinfo/www/multimedia/LULAC.html). Roger Daniels ofrece una historia reciente de la política de inmigración de EE UU en Guarding the Golden Door: American Immigrants and Immigration Policy since 1882 (Hill and Wang, Nueva York, 2003). El Centro de Estudios de Inmigración Comparativa de la Universidad de California-San Diego ha realizado un estudio sobre las consecuencias de esta política, disponible en www.ccis-ucsd.org. Sobre la asimilación de los inmigrantes, ver Milton M. Gordon, Assimilation in American Life: The Role of Race, Religion, and National Origins (Oxford University Press, Nueva York, 1964). Richard Alba y Víctor Nee analizan los años 60 en Remaking the American Mainstream: Assimilation and Contemporary Immigration (Harvard University Press, Cambridge, 2003). El antropólogo español y experto en migraciones Tomás Calvo Buezas bucea en los problemas de la comunidad hispana de EE UU en 'Puertorriqueños y otros hispanos: integración y desigualdad en una ciudad neoyorquina', en Muchas Américas: cultura, sociedad y política en América Latina (Editorial Computense/ICI-V Centenario, Madrid, 1990). Sobre los problemas de la inmigración mexicana, consúltense los estudios incluidos en Crossings: Mexican Immigration in Interdisciplinary Perspectives (Centro David Rockefeller de Estudios Latinoamericanos, Harvard University, Cambridge, 1998), editado por Marcelo M. Suárez-Orozco. Sobre la negociaciones entre Estados Unidos y México en torno al problema de la inmigración, véase el informe del Pew Hispanic Center How many undocumented: The numbers behind the U.S. Migration Talks en www.pewhispanic.org. Otros aspectos de las relaciones entre EE UU y México se abordan en The California-Mexico Connection (eds. Abraham F. Lowenthal y Katrina Burgess, Stanford University Press, Stanford, 1993) y en The United States and Mexico, de Jorge I. Domínguez y R. Fernández de Castro (Routledge, Nueva York, 2001). Samuel Huntington es presidente de la Harvard Academy for International and Area Studies y autor de El orden político en las sociedades en cambio, La tercera ola, El choque de civilizaciones y, en colaboración con Peter L. Berger, Globalizaciones múltiples, publicados en España por Ediciones Paidós. Extracto de ¿Quién somos?, cap. 9, Paidós, Barcelona (de próxima aparición). Copyright © 2004 Samuel Huntington EL RACISTA ENMASCARADO Carlos Fuentes Publicado originalmente en "El País", el 23 de marzo de 2004 "El mejor indio es el indio muerto". "El mejor negro es el esclavo negro". "La amenaza amarilla". "La amenaza roja". El puritanismo que se encuentra en la base de la cultura WASP (blanca, anglosajona y protestante) de los Estados Unidos de América se manifiesta de tarde en tarde con llamativos colores. A los que arriba señalo, se añade ahora, con el vigor de las ideas simplistas que eximen de pensar, "El Peligro Moreno". Su proponente es el profesor Samuel P. Huntington, incansable voz de alarma acerca de los peligros que "el otro" representa para el alma de fundación, blanca, protestante y anglosajona, de los EE UU. Que existía (y existe) una "América" (pues Huntington identifica a los EE UU con el nombre de todo un continente) indígena anterior a la colonización europea, no le preocupa. Que además de Angloamérica exista una anterior "América" francesa (la Luisiana) y hasta rusa (Alaska) no le interesa. La preocupación es la América Hispánica, la de Rubén Darío, la que habla español y cree en Dios. Éste es el peligro indispensable para una nación que requiere, para ser, un peligro externo identificable. Moby Dick, la ballena blanca, es el símbolo de esta actitud que, por fortuna, no comparten todos los norteamericanos, incluyendo a John Quincy Adams, sexto presidente de la nación norteamericana, quien advirtió a su país: "No salgamos al mundo en busca de monstruos que destruir". Huntington, en su Choque de Civilizaciones, encontró su monstruo exterior necesario (una vez desaparecida la URSS y "el peligro rojo") en un islam dispuesto a asaltar las fronteras de Occidente, rebasando las proezas de Saladino, el sultán que capturó Jerusalén en 1187, y superando él, Huntington, la campaña cristiana de Ricardo Corazón de León en Tierra Santa cinco años más tarde. La cruzada antiislámica de Huntington Corazón de León definió que ese corazón era profundamente racista, pero asimismo profundamente ignorante del verdadero kulturkampp dentro del mundo islámico. Islam no se dispone a invadir Occidente. Islam está viviendo, de Argelia a Irán, su propio combate cultural y político entre conservadores y liberales islámicos. Es un combate vertical, en hondura, no horizontal, en expansión. El explotador mexicano. La nueva cruzada de Huntington va dirigida contra México y los mexicanos que viven, trabajan y enriquecen a la nación del norte. Para Huntington, los mexicanos no viven -invaden-; no trabajan -explotan- y no enriquecen -empobrecen porque la pobreza está en su naturaleza misma. Todo ello, añadido al número de mexicanos y latinoamericanos en los EE UU, constituiría una amenaza para la cultura que para Huntington sí se atreve a decir su nombre: la Angloamérica protestante y angloparlante de raza blanca. ¿Invaden los mexicanos a los EE UU? No: obedecen a las leyes del mercado de trabajo. Hay oferta laboral mexicana porque hay demanda laboral norteamericana. Si algún día existiese pleno empleo en México, los EE UU tendrían que encontrar en otro país mano de obra barata para trabajos que los blancos, sajones y protestantes, por llamarlos como Huntington, no desean cumplir, porque han pasado a estadios superiores de empleo, porque envejecen, porque la economía de los EE UU pasa de la era industrial a la post-industrial, tecnológica e informativa. ¿Explotan los mexicanos a los EE UU? Según Huntington, explotando él mismo la infame Proposición 187 de California que pretendía excluir a los hijos de inmigrantes de la educación y a sus padres de todo beneficio médico o social, los mexicanos constituyen una carga injusta para la economía del norte: reciben más de lo que dan. Esto es falso. California destina mil millones de dólares al año en educar a los hijos de inmigrantes. Pero si no lo hiciese -atención, Schwarzenegger-, el Estado perdería dieciséis mil millones al año en ayuda federal a la educación. Y el trabajador migrante mexicano paga veintinueve mil millones de dólares más en impuestos, cada año, de lo que recibe en servicios. El inmigrante mexicano, lejos de ser el lastre empobrecedor que Huntington asume, crea riqueza al nivel más bajo pero también al más alto. Al nivel laboral más humilde, su expulsión supondría una ruina para los EE UU. John Kenneth Galbraith (el norteamericano que Huntington no puede ser) escribe: "Si todos los indocumentados en los EE UU fuesen expulsados, el efecto sobre la economía norteamericana... sería poco menos que desastroso... Frutas y legumbres en Florida, Tejas y California no serían cosechadas. Los alimentos subirían espectacularmente de precio. Los mexicanos quieren venir a los EE UU, son necesarios y añaden visiblemente a nuestro bienestar" (La naturaleza de la pobreza de masas). En el nivel superior, el migrante hispano, nos dice Gregory Rodríguez de la Universidad de Pepperdine, tiene el más alto número de asalariados por familia de cualquier grupo étnico, así como la mayor cohesión familiar. El resultado es que, aunque el padre llegue descalzo y mojado, el descendiente del migrante alcanza niveles de ingreso comparables a los del trabajador asiático o caucásico. En la segunda y tercera generación, los hispanos son, en un 55%, dueños de sus propias casas, comparados con el 71% de hogares blancos y el 44% de hogares negros. Añado a los datos del profesor Rodríguez que sólo en el condado de Los Ángeles el número de negocios creados por migrantes hispanos ha saltado de 57.000 en 1987 a 210.000 el año pasado. Que el poder adquisitivo de los hispanos ha aumentado en un 65% desde 1990. Y que la economía hispanoamericana en los EE UU genera casi cuatrocientos mil millones de dólares -más que el PIB de México. ¿Explotamos o contribuimos, señor Huntington? El balcanizador mexicano. Según Huntington, el número y los hábitos del migrante mexicano acabarán por balcanizar a los EE UU. La unidad norteamericana ha absorbido al inmigrante europeo (incluyendo a judíos y árabes, no mencionados selectivamente por Huntington) porque el inmigrante de antaño, como Chaplin en la película homónima, venía de Europa, cruzaba el mar y siendo blanco y cristiano (¿y los judíos, y los árabes y ahora los vietnamitas, los coreanos, los chinos, los japoneses?) se asimilaban enseguida a la cultura anglosajona y olvidaban la lengua y las costumbres nativas, cosa que debe sorprender a los italianos de El Padrino y a los centroeuropeos de The Deer Hunter. No. Sólo los mexicanos y los hispanos en general somos los separatistas, los conspiradores que queremos crear una nación hispanoparlante aparte, los soldados de una reconquista de los territorios perdidos en la guerra de 1848. Si diésemos vuelta a esta tortilla, nos encontraríamos con que la lengua occidental más hablada es el inglés. ¿Considera Huntington que este hecho revela una silenciosa invasión norteamericana del mundo entero? ¿Estaríamos justificados mexicanos, chilenos, franceses, egipcios, japoneses e hindúes a prohibir que se hablase inglés en nuestros respectivos países? Estigmatizar a la lengua castellana como factor de división prácticamente subversiva revela, más que cualquier otra cosa, el ánimo racista, éste sí divisor y provocativo, del profesor Huntington. Hablar una segunda (o tercera o cuarta lengua) es signo de cultura en todo el mundo menos, al parecer, en el Edén Monolingüe que se ha inventado Huntington. Establecer el requisito de la segunda lengua en los EE UU (como ocurre en México o en Francia) le restaría los efectos satánicos que Huntington le atribuye a la lengua de Cervantes. Los hispanoparlantes en los EE UU no forman bloques impermeables ni agresivos. Se adaptan rápidamente al inglés y conservan, a veces, el castellano, enriqueciendo el aceptado carácter multiétnico y multicultural de los EE UU. En todo caso, el monolingüismo es una enfermedad curable. Muchísimos latinoamericanos hablamos inglés sin temor de contagio. Huntington presenta a los EE UU como un gigante tembloroso ante el embate del español. Es la táctica del miedo al otro, tan favorecida por las mentalidades fascistas. No: el mexicano y el hispano en general contribuyen a la riqueza de los EE UU, dan más de lo que reciben, desean integrarse a la nación norteamericana, atenúan el aislacionismo cultural que a tantos desastres internacionales conduce a los Gobiernos de Washington, proponen una diversificación política a la que han contribuido y contribuyen afroamericanos, los "nativos" indígenas, irlandeses y polacos, rusos e italianos, suecos y alemanes, árabes y judíos. El peligro mexicano. Huntington pone al día un añejo racismo antimexicano que conocí sobradamente de niño, estudiando en la capital norteamericana. The Volume Library, una enciclopedia en un solo tomo publicada en 1928 en Nueva York, decía textualmente: "Una de las razones de la pobreza en México es la predominancia de una raza inferior". "No se admiten perros o mexicanos", proclamaban en sus fachadas numerosos restoranes de Tejas en los años treinta. Hoy, el elector latino es seducido en español champurrado por muchos candidatos, entre ellos Gore y Bush en la pasada elección. Es una táctica electorera (como la proposición migratoria de Bush hace unas semanas). Pero para nosotros, mexicanos, españoles e hispanoamericanos, la lengua es factor de orgullo y de unidad, es cierto: la hablamos quinientos millones de hombres y mujeres en todo el mundo. Pero no es factor de miedo o amenaza. Si Huntington teme una balcanización hispánica de los EE UU y culpa a Latinoamérica de escasas aptitudes para el gobierno democrático y el desarrollo económico, nosotros hemos convivido sin separatismos nacionalistas desde el alba de la Independencia. Acaso nos une lo que Huntington cree que desune: la multiculturalidad de la lengua castellana. Los hispanoamericanos somos, al mismo tiempo que hispanoparlantes, indoeuropeos y afroamericanos. Y descendemos de una nación, España, incomprensible sin su multiplicidad racial y lingüística celtíbera, griega, fenicia, romana, árabe, judía y goda. Hablamos una lengua de raíz celtíbera y enseguida latina, enriquecida por una gran porción de palabras árabes y fijada por los judíos del siglo XIII en la corte de Alfonso el Sabio. Con todo ello, ganamos, no perdimos. El que pierde es Huntington, aislado en su parcela imaginaria de pureza racista angloparlante, blanca y protestante -aunque su generosidad la extienda, graciosamente, al "cristianismo". Porque seguramente Israel e islam son peligros tan condenables como México, Hispanoamérica y, por extensión, la propia España de hoy, culpable según Huntington de indeseables incursiones en antiguos territorios de la Corona. Pregunta ociosa: ¿cuál será el siguiente Moby Dick del Capitán Ajab Huntington? 09/10/2004Miguel Alemán, gobernador del jet set. Llega, se va, y Veracruz igualPor JC Cortés El gobernador saliente del estado de Veracruz es de esas viejas especies de políticos que no entienden que ya no se trabaja por su partido, ni por los intereses personales , sino por la gente. En su discurso sobre la situación financiera del estado, lo evidencia. Miguel Alemán Velazco sigue considerando una virtud el dejar herederos políticos, hace aspavientos, reta, presume el poder, sabe que todo lo tiene en orden, sus cosas, porque el rico estado de Veracruz, sigue siendo, inconcebiblemente, uno de los estados con más retraso en varios sentidos. Lo dice desde la Casa Veracruz, de frente a los medios con un emblema tras de él que simula, para la grandeza exclusiva del político, el templete desde donde habla el presidente de Estados Unidos. Su intención, se dice en las calles, es odiosa. Pero con el tiempo que queda, demuestra la vieja guardia, frustrado porque no seguirá los pasos de Bush. Descaradamente habla del poder habitual en los priistas, de la manipulación a los legisladores, no oculta su autoritarismo "soy el gobernador y el que decide", dijo en la conferencia a los medios. Evidencia su temor y reta ante posibles denuncias, que no estará solo, "tendré gobernador, diputados. Le pediré a mi partido que me defienda". Se siente seguro con el poder legislativo a su servicio, ante la solicitud de un préstamo dice: "si tengo la mayoría en el Congreso sería un menso si no pido ahorita el préstamo, porque la Federación no quiere pagar y si no pido el crédito ahora quizá en el próximo Congreso no hay suficiente mayoría". Hace apologías sin sentido, que nada tienen que ver con la democracia y la capacidad: "si uno es capitán de un barco o avión y le hace caso a los pasajeros se mata. Como líder uno debe hacer llegar a la gente de manera fácil y segura". Alemán, dice, que deja el estado como uno de los estados con mayor futuro inmediato, y eso es cierto, lo deja tal cual estaba hace seis años, como hace 12, como hace 18, con la misma pobreza y las mismas posibilidades de futuro, con cifras cercanas al 70 por ciento de marginados (según datos de la columna Asimetrías, de Fausto Fernández Ponte), además que hereda una inestabilidad política, incluso dentro de su partido. Hijo de un presidente de la república, incrustado en los altos niveles empresariales, difícilmente puede evaluar la pobreza. Aun así, en tono de burla dice: "dejamos un Veracruz de primer mundo". |
El cartapacio del AlecránSitio cotidiano-literario alerta para intercambiar nuestros sentidos a través de la palabra: ésa Santa que nos nombra, da cuerpo y alma a animales, a nuestro entorno, al mundo.
Temas
Enlaces |