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El cartapacio del alecrán

Descanso / Ma. del Carmen Chacón E.

Descanso / Ma. del Carmen Chacón E.

Abrió los ojos y percibió al mismo tiempo la oscuridad y el golpeteo de la lluvia. También soplaba el viento. Con los ojos abiertos esbozó una sonrisa, pues el clima la seducía a no hacer otra cosa que escribir, escribir, escribir. Escribir lo que fuera: su diario, la lista del mandado, traducir un ensayo, inventar un cuento, contestar alguna de las cartas que habían quedado pendientes, escribir una plegaria para sus hijos, o escribir lo que acababa de soñar, tal como tuvo que hacerlo cuando decidió ir al psicoanalista. Antes de escribir, era la música. No podía escribir nada, si no escuchaba música. ¿Revueltas?, ¿Mozart?, ¿Cri-Cri?, ¿Verdi?, ¿Santana? Pero antes de ponerse en obra, quería saber qué hora era. Recordaba que se había ido a dormir más cansada que de costumbre. En ese momento todo le apretaba. Extrañó su pijama. ¡Eso era! Usaría su pijama para escribir y andaría todo el día descalza. Arreció la lluvia, así no disfrutaría de la música ni podría escribir a gusto. Dormiría unas horas más, de cualquier manera, se sentía todavía cansada. Escuchó la respiración profunda de su fiel Remo. Y volvió a quedarse dormida.

Remo se agotó de ladrar y chillar y se quedó dormido bajo el aguacero, sobre la tumba de quien lo cuidó, esperando que algún día ella regresara y escribiera algo para él.

Ruido / Antonio Marín Ruiz

Ruido / Antonio Marín Ruiz

Ulises sin sirenas. Así se sentía mientras se arrastraba por la vida tratando de evitar el ruido que tantos sufrimientos le hacían padecer. Los médicos más reputados no le creyeron, algún otorrino le trató de loco, pero él sabía que era cierto, la certeza de su sufrimiento era la mejor prueba. Cuando tomó la decisión de provocarse la sordera hubo de asumir que debería hacerlo por sus propios medios, y así lo hizo. El dolor fue menor del esperado, como premio pudo recuperar la paz del silencio. Pero ... el ruido había vuelto, era evidente que no podía oír, pero estaba ahí, monótono, constante, ganando en intensidad, devolviéndole a la locura.
Todo comenzó dos años atrás. Un ligero soniquete se escuchaba de fondo, una especie de deslizamiento continuo. No hizo demasiado caso los primeros días. Apenas lo percibía antes de dormir y luego desaparecía en medio de los ruidos cotidianos. Poco a poco fue creciendo en intensidad, tampoco hizo caso. Pensó en los problemas de columna y en los vértigos que ya había sufrido antes. Sin duda, se trataría de algo temporal, no merecía la pena perder un día de trabajo para ir al médico, ya pasaría.
En el transcurso de las semanas siguientes, el ruido fue ganando en intensidad, le costaba conciliar el sueño, no conseguía acostumbrarse al rumor constante de una especie de deslizamiento que iba a veces acompañado de otros sonidos más lejanos: un desagradable chisporroteo, un paño suave sobre un cristal, el deslizarse de una barquita sobre el agua estancada o el lejanísimo gigigigi de metal sobre metal.
Meses más tarde conocía ya la consulta del médico de cabecera y la de tres especialistas, sufrió las agujas de las analíticas, visitó cotidianamente la farmacia, se vio retratado en radiografías y visitó el interior del túnel del scanner del hospital universitario. Nada parecía ir mal, para su edad su cuerpo funcionaba como el mejor reloj de precisión. Sin embargo, el ruido seguía ahí y nada podía explicarlo, ni demostrar su existencia. Para entonces los sonidos, cada uno de ellos, se habían ido haciendo más intensos, dormir era todo un reto sólo posible gracias a la ingestión de somníferos. La visita al psiquiatra supuso toda una rendición sin condiciones, contraria a convicciones y a miedos profundos; y no hizo sino agravar una situación que hasta entonces supo contener. La negación del ruido o la simple sugerencia de su no existencia le condujeron a un estado de irascibilidad que nadie había conocido antes en su persona. Empezaron a creerle loco, el aislamiento se fue haciendo cada vez mayor, en el lugar de los amigos de siempre se veían ahora espacios vacíos.
Su vida, de natural solitaria, se tornó más sola aún. La baja laboral se alargó y alargó, la desocupación dejaba paso sólo a una idea fija, la de ruido. Podía distinguir el matiz de cada sonido ya insoportable, cómo variaba la composición de los ruidos presentes en cada momento a lo largo del día y cómo influían en sus cambios de carácter.
El eclipse de Luna le dio la clave del problema. Sorprendido, descubrió que mientras la Tierra se cruzaba entre el Sol y la Luna, el chapoteo de la barcaza sobre el agua del rápido se fue apagando, para volver a escucharse al final de aquella inusual conjunción astral. Ya no tenía a quién trasladar la hipótesis que cobraba fuerza en su mente: era el sonido producido por los astros más cercanos lo que escuchaba permanentemente. El continuo zumbido de fondo debía ser el de la traslación y la rotación de la Tierra, el chisporroteo diurno la actividad solar, el deslizamiento de la barcaza sobre aguas cada vez más bravas el giro de la Luna en torno a la Tierra y los pequeños sonidos metálicos el movimiento de los planetas más cercanos. Un pequeño estudio de un mapa astronómico le confirmó su teoría, ahí estaban Marte y Venus, y un poquito más lejos Júpiter, otros apenas perceptibles, debían ser planetas más lejanos.
Ideó mil y una fórmulas para demostrar que era esa la causa real de lo que otros creían locura. Se acercó con toda la esperanza a los viejos amigos, que poco a poco le fueron escuchando y aceptando que era cierto lo que decía. Paralelo a este proceso fue el de la vuelta a su ser normal en cuanto a costumbres, en todo menos en el mal, el ruido, que siguió estando ahí, aunque, a su parecer, menos insistente, menos agresivo.
La mejora fue un espejismo pasajero. El cúmulo de sonidos fue creciendo en intensidad: zum-zum-zum, chof-chof-chof, gi-gi-gi durante el día, zum-zum-zum, chap-chap-chap, gi-gi-gi durante la noche. Llegó a un punto insoportable. Conciliar el sueño se convirtió en una obsesión, las ojeras y la palidez se adueñaron de su rostro, perdió totalmente el apetito. De nada servían los tranquilizantes ni los tapones en los oídos; los sonidos, cada día más, parecían llegar a través de la solidez de su cuerpo y no a través del aire. No había nada que hacer. En un estadío de loca desesperación, previo a la total locura, decidió privarse de uno de sus sentidos: el oído. Los otorrinos negaron tal posibilidad, los cirujanos se negaron a intervenir.
Era lo único que podía hacer, eso o el suicidio ... y la cordura, aún no del todo perdida, cerraba la puerta a esta última posibilidad. Situó un pequeño punzón de punta roma en el interior de cada oído, a un grito apretó enérgicamente a ambos lados. Cuando recobró el conocimiento constató que apenas había sangrado, pudo moverse sin dificultad, el dolor era agudo, pero aún más fuerte era la sensación de paz. No podía escuchar nada. El silencio de la más plácida de las noches lo envolvía, lo llenaba todo. Pudo dormir.
No sin dificultades, se adaptó a la sordera en pocos meses. Aprovechó el tiempo libre de la baja laboral y la recuperada paz para estudiar con detalle el recuerdo de cada sonido y su correlato con el mundo del cosmos. Llegó así a alguna conclusión que resultó de verdadero interés para grupos marginales de la vida política y religiosa. El más llamativo, quizá, fue el ejercicio de demostración de la existencia de las esferas fijas en el camino hacia la práctica demostración tangible de la centralidad de la Tierra en un Cosmos ptolemaico. La realidad de una Tierra Centro del Universo, el Sol, la Luna y los Planetas girando en su entorno y el fondo eterno e inmóvil de las esferas fijas resumían, con ligeros matices, lo que había constituido su experiencia sensible durante dos años de obsesiva detestada escucha. No pudo entender, en un primer momento, que el relato de los resultados de su investigación diese lugar a un creciente movimiento de solidaridad en forma de invitaciones para contar su experiencia, e incluso de donativos para que continuara con su labor.
No fue necesario que pusiera coto a tanto desatino cuando alcanzó a darse cuenta de que era utilizado para fines que poco o nada tenían que ver con el sentido de su esfuerzo: explicar a otros y explicarse a sí las razones de su sufrida experiencia. El ruido había vuelto. Esquivó el sentido del oído y se infiltró a través de los otros sentidos: el olfato presentaba el olor a quemado del chisporroteante Sol y sugería su sonido; la Luna olía a agua salina y sugería el oleaje marino; el tacto de la comida sonaba a Venus y el de todo lo inorgánico a Marte, a Júpiter, a Saturno; las estrellas fijas eran gotas de lluvia sobre un cristal. La visión de cada punto de luz revelaba el movimiento de la Tierra y los ruidos que le acompañan; el entendimiento, sentido en cada célula de su cuerpo, mostraba un todo de armónica aparente desarmonía de ruidos reales.
Pocos se extrañaron por el fatal desenlace de tan largo proceso de enloquecimiento. En su tumba puede leerse:

En la vida,
somos ruido;
en la muerte,
busco el silencio de los astros.

Ulises sin sirenas. Así se sentía mientras se arrastraba por la vida tratando de evitar el ruido que tantos sufrimientos le hacían padecer. Los médicos más reputados no le creyeron, algún otorrino le trató de loco, pero él sabía que era cierto, la certeza de su sufrimiento era la mejor prueba. Cuando tomó la decisión de provocarse la sordera hubo de asumir que debería hacerlo por sus propios medios, y así lo hizo. El dolor fue menor del esperado, como premio pudo recuperar la paz del silencio. Pero ... el ruido había vuelto, era evidente que no podía oír, pero estaba ahí, monótono, constante, ganando en intensidad, devolviéndole a la locura.
Todo comenzó dos años atrás. Un ligero soniquete se escuchaba de fondo, una especie de deslizamiento continuo. No hizo demasiado caso los primeros días. Apenas lo percibía antes de dormir y luego desaparecía en medio de los ruidos cotidianos. Poco a poco fue creciendo en intensidad, tampoco hizo caso. Pensó en los problemas de columna y en los vértigos que ya había sufrido antes. Sin duda, se trataría de algo temporal, no merecía la pena perder un día de trabajo para ir al médico, ya pasaría.
En el transcurso de las semanas siguientes, el ruido fue ganando en intensidad, le costaba conciliar el sueño, no conseguía acostumbrarse al rumor constante de una especie de deslizamiento que iba a veces acompañado de otros sonidos más lejanos: un desagradable chisporroteo, un paño suave sobre un cristal, el deslizarse de una barquita sobre el agua estancada o el lejanísimo gigigigi de metal sobre metal.
Meses más tarde conocía ya la consulta del médico de cabecera y la de tres especialistas, sufrió las agujas de las analíticas, visitó cotidianamente la farmacia, se vio retratado en radiografías y visitó el interior del túnel del scanner del hospital universitario. Nada parecía ir mal, para su edad su cuerpo funcionaba como el mejor reloj de precisión. Sin embargo, el ruido seguía ahí y nada podía explicarlo, ni demostrar su existencia. Para entonces los sonidos, cada uno de ellos, se habían ido haciendo más intensos, dormir era todo un reto sólo posible gracias a la ingestión de somníferos. La visita al psiquiatra supuso toda una rendición sin condiciones, contraria a convicciones y a miedos profundos; y no hizo sino agravar una situación que hasta entonces supo contener. La negación del ruido o la simple sugerencia de su no existencia le condujeron a un estado de irascibilidad que nadie había conocido antes en su persona. Empezaron a creerle loco, el aislamiento se fue haciendo cada vez mayor, en el lugar de los amigos de siempre se veían ahora espacios vacíos.
Su vida, de natural solitaria, se tornó más sola aún. La baja laboral se alargó y alargó, la desocupación dejaba paso sólo a una idea fija, la de ruido. Podía distinguir el matiz de cada sonido ya insoportable, cómo variaba la composición de los ruidos presentes en cada momento a lo largo del día y cómo influían en sus cambios de carácter.
El eclipse de Luna le dio la clave del problema. Sorprendido, descubrió que mientras la Tierra se cruzaba entre el Sol y la Luna, el chapoteo de la barcaza sobre el agua del rápido se fue apagando, para volver a escucharse al final de aquella inusual conjunción astral. Ya no tenía a quién trasladar la hipótesis que cobraba fuerza en su mente: era el sonido producido por los astros más cercanos lo que escuchaba permanentemente. El continuo zumbido de fondo debía ser el de la traslación y la rotación de la Tierra, el chisporroteo diurno la actividad solar, el deslizamiento de la barcaza sobre aguas cada vez más bravas el giro de la Luna en torno a la Tierra y los pequeños sonidos metálicos el movimiento de los planetas más cercanos. Un pequeño estudio de un mapa astronómico le confirmó su teoría, ahí estaban Marte y Venus, y un poquito más lejos Júpiter, otros apenas perceptibles, debían ser planetas más lejanos.
Ideó mil y una fórmulas para demostrar que era esa la causa real de lo que otros creían locura. Se acercó con toda la esperanza a los viejos amigos, que poco a poco le fueron escuchando y aceptando que era cierto lo que decía. Paralelo a este proceso fue el de la vuelta a su ser normal en cuanto a costumbres, en todo menos en el mal, el ruido, que siguió estando ahí, aunque, a su parecer, menos insistente, menos agresivo.
La mejora fue un espejismo pasajero. El cúmulo de sonidos fue creciendo en intensidad: zum-zum-zum, chof-chof-chof, gi-gi-gi durante el día, zum-zum-zum, chap-chap-chap, gi-gi-gi durante la noche. Llegó a un punto insoportable. Conciliar el sueño se convirtió en una obsesión, las ojeras y la palidez se adueñaron de su rostro, perdió totalmente el apetito. De nada servían los tranquilizantes ni los tapones en los oídos; los sonidos, cada día más, parecían llegar a través de la solidez de su cuerpo y no a través del aire. No había nada que hacer. En un estadío de loca desesperación, previo a la total locura, decidió privarse de uno de sus sentidos: el oído. Los otorrinos negaron tal posibilidad, los cirujanos se negaron a intervenir.
Era lo único que podía hacer, eso o el suicidio ... y la cordura, aún no del todo perdida, cerraba la puerta a esta última posibilidad. Situó un pequeño punzón de punta roma en el interior de cada oído, a un grito apretó enérgicamente a ambos lados. Cuando recobró el conocimiento constató que apenas había sangrado, pudo moverse sin dificultad, el dolor era agudo, pero aún más fuerte era la sensación de paz. No podía escuchar nada. El silencio de la más plácida de las noches lo envolvía, lo llenaba todo. Pudo dormir.
No sin dificultades, se adaptó a la sordera en pocos meses. Aprovechó el tiempo libre de la baja laboral y la recuperada paz para estudiar con detalle el recuerdo de cada sonido y su correlato con el mundo del cosmos. Llegó así a alguna conclusión que resultó de verdadero interés para grupos marginales de la vida política y religiosa. El más llamativo, quizá, fue el ejercicio de demostración de la existencia de las esferas fijas en el camino hacia la práctica demostración tangible de la centralidad de la Tierra en un Cosmos ptolemaico. La realidad de una Tierra Centro del Universo, el Sol, la Luna y los Planetas girando en su entorno y el fondo eterno e inmóvil de las esferas fijas resumían, con ligeros matices, lo que había constituido su experiencia sensible durante dos años de obsesiva detestada escucha. No pudo entender, en un primer momento, que el relato de los resultados de su investigación diese lugar a un creciente movimiento de solidaridad en forma de invitaciones para contar su experiencia, e incluso de donativos para que continuara con su labor.
No fue necesario que pusiera coto a tanto desatino cuando alcanzó a darse cuenta de que era utilizado para fines que poco o nada tenían que ver con el sentido de su esfuerzo: explicar a otros y explicarse a sí las razones de su sufrida experiencia. El ruido había vuelto. Esquivó el sentido del oído y se infiltró a través de los otros sentidos: el olfato presentaba el olor a quemado del chisporroteante Sol y sugería su sonido; la Luna olía a agua salina y sugería el oleaje marino; el tacto de la comida sonaba a Venus y el de todo lo inorgánico a Marte, a Júpiter, a Saturno; las estrellas fijas eran gotas de lluvia sobre un cristal. La visión de cada punto de luz revelaba el movimiento de la Tierra y los ruidos que le acompañan; el entendimiento, sentido en cada célula de su cuerpo, mostraba un todo de armónica aparente desarmonía de ruidos reales.
Pocos se extrañaron por el fatal desenlace de tan largo proceso de enloquecimiento. En su tumba puede leerse:

En la vida,
somos ruido;
en la muerte,
busco el silencio de los astros.

(Jaén)

La vaca / Idries Shaha

La vaca / Idries Shaha

Había una vez, hace mucho tiempo, una vaca. No había en el mundo entero un animal que diera regularmente tanta leche y de tan alta calidad.

La gente llegaba de todas partes para ver este prodigio. Los padres les hablaban a sus hijos de la dedicación con que la vaca realizaba la tarea que tenía encomendada. Los ministros de la religión exhortaban a sus rebaños a que la emularan a su manera. Los funcionarios de gobierno se referían a ella como modelo de comportamiento adecuado, y planeaban y pensaban cómo podría aplicarse en la comunidad humana. Todo el mundo, en suma, podía beneficiarse de la existencia de este maravilloso animal.

Sin embargo, la mayoría de la gente, absorbida como estaba por las obvias virtudes de la vaca, no consiguió observar una de sus características. La vaca tenía la siguiente costumbre: en cuanto se llenaba un cubo con su inmejorable leche, le pegaba una coz.


Tomado de La sabiduría de los idiotas. Cuentos de la tradición sufí. Madrid, Arca de la Sabiduría, 1998.

Desenlace / Luis Barria

Desenlace / Luis Barria

 

El niño duerme en los brazos del perro mientras en el agua de sus ojos tibios navega un pez llamado Bahamut. Bahamut sostiene a Kuyata, “gran toro dotado de cuatro mil ojos, de cuatro mil orejas, de cuatro mil narices, de cuatro mil bocas, de cuatro mil lenguas y de cuatro mil pies. Para tasladarse de un ojo a otro o de una oreja a otra bastan quinientos años. Sobre el lomo del toro hay una roca de rubí, sobre la roca un ángel” *y sobre el ángel una diminuta esfera que lo contiene todo: todos los mares y las aves, todos los peces y los fuegos y las flores y los cerros: nuestra tierra.

Pero sucede un día que una pulga de estatura imposible a la mirada salta de la esfera y va a caer en el pelambre del perro. El perro se sacude y despierta al niño que lloriquea:

- HUSSEIN, HUSSEIN, HUSSEIN

El chillido excita al pez y el pez inquieta a Kuyata, el toro, que menea la impaciente cola y ésta va a dar a la nariz del ángel provocándole estruendoso estornudo:

- ¡ BUSH ¡

En este momento se rompe el equilibrio y se desvanece la esfera que lo contiene todo: todos los mares y los peces, y las aves, y las nubes, y los fuegos... y también al niño que sueña que lo carga un perro

Luis Barria
Febrero 2, 1991

* cita de El Libro de los seres imaginarios, de J. L. Borges.

Melopeas / Ilitia

Melopeas / Ilitia

Melopeas

Al grito de tus manos mi cuerpo escucha
No hubo silencio más armónico que el de tus poros
ni melodía más condescendiente que la de tus cabellos
en acorde con mis pechos

Tu amor acalla el silencio seductor de mi sexo
y cada gota que lubrica
encala la sinfonía nuestra.

Llamado / César Incháustegui

Llamado / César Incháustegui

Te amo por la virtud de tus aturdimientos inhóspitos
y tus piernas que tienen de mar
la turbulencia de la ola
ensañada con el cuerpo.
Siento sobre tu vientre
todo el proceder del fuego,
con su denso calor
de coágulo selecto por las uvas,
y luego me arremete
esa inversión de los ojos a la que obliga el viento
cuando volamos detrás de las estrellas,
mirando al mundo
como una empresa de insectos colosales.
Te amo inmensamente,
y mi camino ya no se detiene
ni para descifrar a las langostas
y los cosmonautas
o a los amantes de nalgas jabonosas
que haraganean en nubes
sin importarles las fechas sangrientas.
Te amo con el cínico olvido de los apasionados.
En el primer bramido del rinoceronte inmóvil
-que sólo es voz
y en una parte trocito de oído-,
ahí te llamo,
escúchame,
que tus oídos se conviertan en torres
y sean Babeles invertidas
que te hagan comprender
hasta aquellos idiomas
que no hubo tiempo de inventar.
Oye a la bestia lánguida cantar,
oye al santísimo idioma rehilete
que conduce al mareo.

Periódicos, libros y cartas

Periódicos, libros y  cartas

¿Serán sustituidos totalmente por internet y el correo electrónico?

Me resulta difícil pensar en un frío y aburrido existir sin la calidez que dan los periódicos, los libros y el correo postal, pues hay ocasiones en que un periódico es necesario, menciono algunas:

Cuando la lluvia nos sorprende con el paraguas olvidado en el clóset nos protege o navega convertido en barquito por caudalosas aguas y si esa lluvia nos sorprende en casa, con él atajamos el agua que se cuela por las rendijas de las puertas y ventanas; para transportar paletas de hielo es el mejor empaque térmico; si cuidamos nuestro planeta, nos sirve, convertido en pelota, para limpiar los vidrios; es disciplinario, pues enrollado es la mejor arma para disciplinar al perro: unos ligeros golpecitos en la cabeza (por supuesto si es que el perro dejó alguna sección completa), y podría mencionar más de sus cotidianas bondades.

En cuanto a los libros ¿se imaginan las ciudades sin bibliotecas? ¿sin librerías? ¿las casas, escuelas y oficinas sin libreros? ¡no me puedo imaginar la mesa donde como sin su acostumbrado desorden bibliográfico! y tampoco me puedo imaginar la falta del ir y venir de la mesa al sofá y viceversa; quien ha obsequiado o recibido un libro, sabe que es uno de los mejores regalos; los niños en México, dejarían de emocionarse al inicio del año escolar pues no recibirían sus gratuitos libros de texto. ¿Una de las “misiones” del ser humano se modificaría para convertirse en: plantar un árbol, tener un hijo y “teclear un libro y subirlo a la red”? ¡Ah! y el autor haría uso del scanner para autografiar sus libros, sin vivir entonces el misterio de ver las pastas debajo de la cubierta y también perderíamos la agradable sensación de acariciar y abrazar un libro y quedarnos dormidos con él sobre el pecho…

…y de las cartas, a ellas se adhiere un pedacito de quien las escribe: al extender el pliego y enlazar letra con letra, al doblarlas, meterlas en su sobre, colocar la estampilla y llevarlas al correo. Recibir una carta: escuchar el silbido del cartero, salir corriendo a su encuentro y ver su mano rebuscando dentro de su gastada mochila de cuero, es como una cuenta regresiva cuando va a despegar una nave espacial; si llega la esperada carta, la besamos, olemos, agitamos y ponemos junto al corazón… buscamos el mejor lugar para abrirla y la leemos (con o sin luz eléctrica). Para los enamorados separados es un ritual buscar el papel adecuado para enviarse sus pensamientos y el que recibe la carta sabe que el otro la llenó de besos antes de ponerla en el buzón; las cartas las doblamos y las guardamos en la cartera, en la bolsa de la camisa o en la del mandil, según el caso, para llevarlas con nosotros, para leerlas cuando y donde nos den ganas, por supuesto que también podemos llevarnos el disquete y sacarlo y verlo, (nada más eso: verlo), pues no siempre tenemos una computadora a la mano. A través de las cartas se han conocido trechos importantes o desconocidos de la historia de los pueblos, así como secretos familiares, y se ha conocido parte de la personalidad de quienes las escribieron por los rasgos de su escritura.

Los periódicos, los libros y las cartas no serán sustituidos por internet y por el correo electrónico. Aún así, el mundo se mueve, avanza, cambia y nosotros con él. Somos parte de la vertiginosa velocidad del arrastre tecnológico.

(…creo que hasta los perros se aburrirían sin las visitas de los carteros: ¿a quiénes morderían?).

Carolina Chacón

Imagen: Grabado / sin identificación

Varios / Paul Celan

Varios / Paul Celan

ALABANZA DE LA LEJANÍA

En el venero de tus ojos
viven las redes de los pescadores de la mar errabunda.
En el venero de tus ojos
el mar mantiene su promesa.
En ella arrojo yo,
un corazón que entre los hombres ha morado,
lejos de mí mis vestiduras y el resplandor de un juramento.
Más oscuro en lo oscuro, más desnudo estoy.
Tan sólo al desertar soy fiel.
Yo soy tú cuando soy yo.
En el venero de tus ojos
derivo y sueño un rapto.
En una red, una red queda apresada
y nos abandonamos enlazados.
En el venero de tus ojos
estrangula su cuerda un ahorcado.


CIÉGATE

Ciégate para siempre:
también la eternidad está llena de ojos-allí
se ahoga lo que hizo caminar a las imágenes
al término en que han aparecido, allí
se extingue lo que del lenguaje
también te ha retirado con un gesto,
lo que dejabas iniciarse como
la danza de dos palabras sólo hechas
de otoño y seda y nada.

Versión de: José Ángel Valente

ESTAR

Estar a la sombra
de la llaga en el aire.
No-estar-por-nadie-ni-por-nada.
Incógnito,
solamente
por ti.

Con todo lo que cabe dentro,
sin lenguaje
también.

Versión de Felipe Boso